—Nanette, gracias por todo tu esfuerzo —dijo Guillermo.
Eloísa soltó de inmediato por costumbre:
—Llevas dos o tres días en coma, ¿cómo sabes que ella se ha esforzado? Tu hijo y yo la hemos pasado mucho peor, para que sepas.
A pesar de haber regresado del borde de la muerte, Guillermo no había olvidado la pelea que tuvieron antes de desmayarse.
Así que ni siquiera le hizo caso.
Eloísa tiró el hisopo al bote de basura con coraje.
—Cualquiera que los viera pensaría que ustedes dos son los únicos de la familia y que mi hijo y yo somos unos arrimados.
Félix estaba sentado en el sillón, con las piernas cruzadas, jugando en su celular.
Ya no quedaba rastro del joven asustado y desesperado de hace unos días.
—Mamá, ya dijo el doctor que mi papá necesita descansar. Mejor ya no digas nada, no vaya a ser que le dé otro coraje y se vuelva a desmayar. La próxima vez a lo mejor no corremos con la misma suerte.
Nanette dio un par de pasos hacia él y le dio un manotazo en el hombro.
—Cierra la boca.
Félix balanceó el pie sin molestarse y murmuró: —Yo aquí defendiéndote y tú de malagradecida.
Apenas terminó de hablar, se llevó otro manotazo.
Esta vez fue de Eloísa.
—¡Tú siempre de traidor, defendiendo a los de afuera!
Al pasar junto a Nanette, Eloísa le advirtió en voz baja:
—No olvides lo que me prometiste.
En cuanto Eloísa salió de la habitación, Nanette ni siquiera tuvo tiempo de hablar con Guillermo porque Galileo entró en ese instante.
Llevaba una enorme canasta de frutas en la mano.
Galileo puso la canasta sobre la mesita y se acercó a la cama.
—Suegro.
Su actitud sorprendió bastante a Guillermo.
Hacía muchísimos años que su yerno no se dirigía a él con tanto respeto.
—Nanette y yo estuvimos muy preocupados estos dos días que estuvo inconsciente. Qué bueno que ya despertó, la verdad ya no sabíamos qué más hacer —dijo Galileo.
«Preocupado tú, claro. Más bien rogabas que mi papá no volviera a abrir los ojos», pensó Nanette para sus adentros.
Félix, por suerte, le hizo caso, se levantó de su asiento y se fue.
Galileo se quedó un buen rato sentado en la habitación.
Como él estaba ahí, padre e hija no podían hablar con libertad.
Nanette decidió intentar correrlo.
—¿No vas a bajar al otro piso?
—Mi mamá y Dina ya están ahí —respondió Galileo—. No es bueno que haya tanta gente en la habitación.
Conque por eso el gran señor se había rebajado a visitar a su suegro.
A Nanette no le quedó más remedio que dejarlo en paz; agarró unas manzanas y se fue al baño a lavarlas.
Cuando regresó, Galileo ya no estaba.
—Le acaban de llamar —le explicó Guillermo—. Parecía algo urgente, salió corriendo sin siquiera despedirse. ¿Deberías marcarle para ver si todo está bien?
—No hace falta —contestó Nanette.
La única persona capaz de poner a Galileo tan histérico era su amada.
Seguramente, esa mujer ya había vuelto a hacer uno de sus dramas.

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