Anatolia soltó un bufido de desdén.
—Por fin esa mujer mostró el cobre.
Galileo, frustrado, se dejó caer pesadamente en el sillón.
—¿Qué ganas con hacer esto?
—Galileo, dime la verdad —preguntó Anatolia—. ¿Te enamoraste de esa mujer?
Galileo soltó de golpe:
—¡Claro que no! ¡Pero tampoco me quiero divorciar!
—¡Si no es eso, entonces divórciate!
—¿Y si te dijera que sí?
—Con más razón no puedo permitir que se quede. ¡Una mujer tan corriente e inútil no merece ser la señora de la familia Godoy!
Galileo ni siquiera se molestó en levantar la mirada. La sonrisa en sus labios denotaba amargura.
—¿Entonces por qué no lo impediste al principio?
—¡Cómo iba a saber que iba a salir con estas mañas!
Galileo bajó la mirada, ocultando su dolor.
—La verdadera razón es que sabías que me gustaba Yolanda. Tenías miedo de que, si no me casaba, yo seguiría insistiendo con ella. Así que te urgió buscarme a alguien de buena familia para que me casara al mismo tiempo que Martino.
Anatolia se quedó muda.
Esa, efectivamente, había sido su intención en ese entonces.
Cuando Galileo se enteró de que Yolanda se iba a casar con Martino, solía perder el control de sus emociones. Anatolia lo había visto borracho, murmurando el nombre de Yolanda sin parar.
Temía muchísimo que, por culpa de eso, los hermanos terminaran odiándose. Como en ese tiempo la familia Larco era de su mismo nivel social, y Nanette estaba tan enamorada de Galileo, Anatolia no dudó en presionar para que la boda se llevara a cabo.
Ahora se daba cuenta.
¡Había metido al enemigo a su propia casa!
Anatolia, sin querer revolver más el pasado, sacó su mejor carta.
—La verdad, solo lo dije para tantear el terreno —confesó Nanette—, quería ver hasta cuánto estaba dispuesta a ofrecer Anatolia.
—Y resulta que te ofreció cinco millones, ni que fueras limosnera.
Nanette cambió de tema.
—¿Qué tal te estás adaptando al trabajo allá?
—Ni me digas, el ambiente está increíble. Es súper humano, nada de reglas absurdas ni tener que soportar los típicos dramas de oficina. Aquí cada quien se enfoca en hacer lo suyo y listo.
—Me alegra escuchar eso. Al final, es exactamente como a ti te gusta trabajar.
—Yo que pensaba que Noel solo era un genio de las computadoras, pero resulta que también es buenísimo para administrar. El menso de Galileo no tiene ni la más mínima idea del rival que se carga.
Nanette no pudo evitar quejarse.
—Es que él siempre se ha creído el más chingón de todos.
—Oye, por cierto —añadió Camila—, en la noche va a haber una cena para darle la bienvenida a los nuevos. Me encantaría que vinieras, pero, sabiendo que ahorita no te conviene que te vean cerca de nosotros, supongo que será para la próxima.

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