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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 167

—Por lo que veo, si no consigues esos cinco mil millones, ¿no te vas a ir de la familia Godoy? —cuestionó Anatolia.

—Por supuesto.

Anatolia resopló con desdén.

—Yo que pensaba que no te ibas de la familia porque amabas a Galileo y no podías dejarlo. Pero resulta que lo que no puedes dejar son esos cinco mil millones.

—¿Y si así fuera, qué?

—Nada.

Anatolia giró la cabeza hacia atrás y gritó.

—Galileo, sal de ahí.

Galileo salió de detrás de un biombo. Tenía el rostro desencajado.

Nanette le echó un vistazo sin inmutarse lo más mínimo.

Qué risa.

Esa vieja zorro de Anatolia en verdad creía que era estúpida. Al principio dudaba si todo era una trampa, pero desde el momento en que Anatolia empezó a presionarla para sacarle la verdad, Nanette lo tuvo claro.

Perfecto.

Ya que estaba ahí sin nada mejor que hacer, bien podía seguirles el juego.

—Galileo, lo acabas de escuchar con tus propios oídos. ¿Vas a seguir de necio? —le reprochó Anatolia.

Galileo no dijo ni una palabra. Caminó directo hacia Nanette.

—¿Es verdad?

Nanette levantó la mirada hacia él.

—Es verdad. Entonces, ¿me vas a dar los cinco mil millones?

A Galileo le hirvió la sangre.

—¡Ni lo sueñes!

Nanette sonrió levemente.

—¡Nanette! —Galileo la agarró del brazo con fuerza—. ¡¿Te das cuenta de las estupideces que estás diciendo?!

—Claro que lo sé —Nanette ladeó la cabeza—. Mira, cuando una mujer se casa, espera al menos una de estas cosas: cariño, estabilidad y piel.

Nanette soltó una risa burlona.

—De esas tres, contigo no tengo ninguna. Ahora que quieren correrme, mínimo tengo que llevarme una de las tres, ¿no? ¿Acaso mis tres años de tiempo y juventud se fueron a la basura? ¿Y todos los insultos y desprecios que he aguantado de la familia Godoy me los voy a tragar de a gratis? Galileo, te devuelvo tus propias palabras.

Aunque hablaba tranquila, traía una firmeza seca que no le dejaba a nadie la opción de pisotearla.

Sus suaves labios se movieron ligeramente y pronunciaron las mismas palabras que Galileo había dicho momentos antes.

—Ni lo sueñes.

Galileo se quedó helado, viendo cómo ella se alejaba, con unas inmensas ganas de salir corriendo tras ella.

Sentía un coraje y una rabia profundos, pero no podía desquitarlos con ella.

Esa mirada fría y decidida que le lanzó justo antes de irse le hizo comprender de golpe que, al parecer, esa mujer realmente planeaba dejarlo.

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