Parecía la típica escena de telenovela donde descubren una infidelidad. Melba escuchó el timbre y fue a abrir.
Al ver por la mirilla que era Galileo, se olvidó de su edad y corrió más rápido que nunca.
Melba sabía muy bien que si Galileo veía a un hombre en la habitación de Nanette a medianoche, sería imposible aclarar el malentendido.
Nanette siempre pensaba que quien no debe, no teme, pero esa noche más valía no echarle leña al fuego..
Pero el señor Cortés no podía esconderse como si lo hubieran cachado en plena infidelidad. Nanette miró a Noel con incomodidad. Noel preguntó sin perder la calma:
—¿Dónde sería más seguro esconderme?
El departamento tenía un diseño de concepto abierto, por lo que todo quedaba a la vista. Esconder a alguien iba a estar difícil.
—En la cocina —respondió Nanette.
Como a Galileo le chocaba el olor a comida y nunca movía un dedo en la casa, jamás pisaba la cocina. Melba llevó a Noel a la cocina y cerró bien la puerta. Al abrir la puerta principal, Galileo tenía cara de pocos amigos.
—¿Por qué te tardaste tanto en abrir?
Melba respondió con naturalidad:
—Señor Galileo, ¡pues vea la hora que es! ¡Ya es tardísimo y todos estábamos dormidos!
Galileo apestaba a alcohol.
—Prepárame un café bien cargado para bajármela, me voy a bañar.
Dicho eso, caminó hacia la recámara. Melba se apresuró a detenerlo.
—Señor Galileo, la señora está enferma y ya se acostó, mejor no la moleste.
El rostro de Galileo se endureció.
—Melba, ¿se te olvida que yo también soy el dueño de esta casa?
Melba le contestó de mala gana:
—La dueña de esta casa ahora es la señora Nanette. Lo suyo ya parece meterse a la fuerza.
Galileo soltó una carcajada irónica.
—¡Me doy cuenta de que cada vez hablas más como ella! De tal palo, tal astilla.
—Menos mal que me parezco a la señora —murmuró Melba—. Si me pareciera a usted, me daría vergüenza.
Por primera vez en la vida, Galileo captó la indirecta y se movió al sillón de al lado.
—El otro día, cuando pediste los cinco mil millones, era mentira, ¿verdad?
—Era en serio. ¿Entonces viniste a darme el dinero?
—Hubo un problema en la empresa —dijo Galileo.
Nanette se quedó en silencio. Ni siquiera necesitaba preguntar qué había pasado. Porque ella misma lo había provocado.
—Se perdieron los datos principales de entrenamiento del modelo de inteligencia artificial para el sector aeroespacial que estábamos desarrollando. Los técnicos intentaron recuperarlos, pero fue inútil. Hasta los mejores programadores de la empresa se quedaron con los brazos cruzados. Todo indica que será casi imposible lanzar esta IA al mercado.
Nanette no dijo ni una palabra. Galileo encendió un cigarro, le dio un par de caladas profundas y dejó ver un rostro demacrado. Nanette habló con evidente desagrado:
—No soporto el olor a cigarro, apágalo.
Increíblemente, Galileo apagó el cigarro. Estaba tan dócil que resultaba extraño.
—Tenía planeado que, en cuanto este modelo saliera al mercado, Faro Tecnológico se convertiría en el líder indiscutible del sector, pero...
Pero todo se fue al caño. Y ahora, para el colmo, lo tenían entre la espada y la pared.

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