—Últimamente mi vida es un desastre —continuó Galileo—, un caos que me asfixia.
«¡Tú te lo buscaste!», pensó Nanette.
—Empiezo a sospechar que fue obra de mi abuela. Quiere presionarme para que ceda.
Nanette se sorprendió. La lógica de Galileo era, por decir lo menos, bastante retorcida. Por muy mala que fuera Anatolia, jamás pondría en riesgo la propia empresa de la familia. Galileo hablaba como si pensara en voz alta.
—Me hizo elegir. Solo puedo escoger una cosa: el divorcio o la herencia.
Fue entonces cuando Nanette habló:
—¿Y qué vas a elegir?
—No quiero divorciarme, pero al parecer... no tengo opción. Así que...
Nanette ya estaba decidida a irse y le preocupaba que el proceso se alargara demasiado después de haber terminado lo suyo. Pero ahora todo era más fácil.
—Acepto.
Galileo se quedó pasmado.
—Mi abuela jamás te dará cinco mil millones.
Nanette sonrió levemente.
—Ya no quiero cinco mil millones. Con quinientos millones de pesos me conformo.
Al fin y al cabo, ella tenía los datos clave del modelo de IA; si los vendía, se haría millonaria en un abrir y cerrar de ojos. Claro, Nanette no pensaba venderlos. Se los iba a regalar a Noel como agradecimiento. Pero tampoco se iba a ir de la familia Godoy con las manos vacías. Tenía que sacarles algo de provecho. Galileo se le quedó viendo fijamente.
—Estuve casada tres años en la familia Godoy, sin trabajar, sin vida social... estoy totalmente desconectada del mundo —dijo Nanette—. Además, cuando me vaya, la familia Larco no me va a recibir de vuelta. Voy a tener que arreglármelas sola, así que ese dinero es solo para tener un respaldo.
Bajar de una cifra absurda a una “razonable” era un recorte brutal. Galileo no lo entendía.
—¿Por qué?
Nanette soltó un suspiro de alivio disimulado.
—Me parece bien.
Las condiciones de Anatolia eran una tentación irresistible para Galileo. Qué ironía de la vida: la persona que más odiaba acababa de hacerle un favor sin querer. Galileo le tomó la mano a Nanette y la miró con ternura fingida.
—Nanette, hasta ahora me doy cuenta de lo maravillosa que eres. No te preocupes, en cuanto mi abuela me pase la herencia, te buscaré para que vuelvas conmigo. Solo vamos a fingir este divorcio para darle gusto a ella.
Nanette esbozó una sonrisa forzada.
—Claro, pero me tienes que dar los quinientos millones. Si no, tu abuela jamás creerá que el divorcio es real.
Galileo aceptó sin dudar.
—Esa cantidad sí la tengo.
Se hizo el espléndido, como si regalara el dinero.

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