Como si temiera que Nanette dudara, Galileo le volvió a asegurar:
—Tranquila, no te voy a dejar botada. En cuanto tenga el control del dinero, yo seré el jefe de la familia Godoy. Nadie podrá decirme qué hacer. Y estoy seguro de que a Yolanda no le molestará que regreses.
A Nanette le dieron ganas de darle una cachetada, pero se tragó el asco. ¿Qué se creía este tipo? ¿Un rey con derecho a tener un harén? Soportando las ganas de vomitar, Nanette le dijo:
—Galileo, me siento muy mal, de verdad. Déjame descansar, ¿sí?
Quizás porque se había quitado un peso de encima, Galileo aceptó sin protestar.
—Está bien, descansa. Ya me voy.
Unos minutos después, entró Melba.
—Señorita, ¿no le hizo nada?
Nanette sonrió.
—Vino a pedirme el divorcio.
Melba se sorprendió un segundo, pero enseguida se puso contenta.
—¡Qué maravilla! Por fin se acaba este matrimonio. Ya va a poder vivir tranquila y a su gusto.
Nanette seguía un poco preocupada.
—Ojalá que mañana, cuando se le baje la borrachera, no se eche para atrás. Ah, Melba, dile a Noel que ya puede salir.
—El señor Cortés ya se fue —contestó Melba.
—¿Ya se fue?
—Sí, en cuanto el señor Galileo entró a su recámara, él salió del departamento. Pero se fue con muy mala cara. Es la primera vez que veo al señor Noel tan serio, él que siempre es tan amable.
Nanette suspiró levemente. Estaba segura de que Noel no iba a dejar pasar lo que había ocurrido ese día. Ese tal Luis no tenía idea de con quién se había metido.
Afuera, en cuanto Silvio vio salir a Galileo, se bajó rápido del coche y le abrió la puerta. Galileo se subió, bajó la ventanilla y encendió otro cigarro. Silvio notó que el jefe tenía mejor semblante, así que se atrevió a hablar:
La mirada de Galileo se llenó de cálculo y desconfianza.
—Sí, pero también es nieto de Luis Camoso. Y Yolanda se apellida Camoso.
Silvio tardó un rato en captar el mensaje.
—¿Cree que Luis le quiera echar el guante a la herencia?
Galileo guardó silencio, confirmando sus sospechas.
—No creo... La señora Yolanda lo adora, no haría nada a sus espaldas.
Galileo dio un capirotazo y arrojó la colilla del cigarro, que trazó un arco antes de caer al suelo.
—Grábate esto: en este mundo, en la única persona en la que puedes confiar al cien por ciento es en ti mismo.
Mientras el cielo empezaba a clarear con el amanecer, en una habitación húmeda y oculta, se escuchaban gritos de dolor. El asistente que siempre iba detrás de Noel con una sonrisa amable parecía otra persona. Con un bate de béisbol en la mano, no dejaba de golpear a un hombre en el suelo.

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