Nanette llegó a Colinas de Monteverde.
La casa estaba tan sola que hasta daba un poco de miedo.
Solo estaba una empleada de limpieza sacudiendo la sala.
Al verla entrar, la empleada se sacó de onda.
—Señorita, qué sorpresa verla por aquí.
—Solo vine por unas cosas. ¿Y los demás?
—La señora está arriba y el joven salió hace un rato.
Nanette soltó un suspiro pesado.
A Félix ni la muerte de su padre le había movido un pelo.
Siendo que la cabeza de la familia Larco ya no estaba, a él le tocaba amarrarse los pantalones y hacerse cargo.
Pero prefería seguir en la fiesta.
Nanette subió las escaleras.
Al llegar al pasillo, se topó a Eloísa saliendo de una habitación.
Traía una cara peor que la suya.
Nanette ni siquiera le dirigió la palabra.
Con la muerte de Guillermo, ya no le quedaba ni una sola razón para sentir apego por esa casa.
Para su sorpresa, Eloísa no se le fue encima con insultos; hasta traía la voz ronca.
—¿Y tú qué haces aquí a esta hora?
Nanette le contestó en tono seco.
—Vine por unas cosas y ya me voy.
—¿Por qué cosas?
—No es nada de valor. Nomás vine por unas cosas que usaba mi papá, quiero guardarlas de recuerdo.
Eloísa soltó un bufido.
—Pues ya se murió, ¿para qué quieres guardar esas mugres?
A Nanette le cayó en la punta del hígado el comentario.
—No tengo ganas de pelear contigo. Agarro mis cosas y me voy. Y no te preocupes, no pienso volver a poner un pie en esta casa; lo que te prometí, te lo voy a cumplir.
—¡No tienes madre, Eloísa!
—¿Que yo no tengo madre? —A Eloísa se le subió lo demonio de inmediato—. ¡A ver, pendeja! Si no hubiera sido por el respaldo de mi familia, ¡la familia Larco jamás habría llegado a donde está! ¡Así que todo esto me lo tengo más que ganado!
—Y ya que hablamos de tener poca madre... —añadió Eloísa con una sonrisa maliciosa—. Déjame preguntarle a la hija perfecta y buena onda.
—Cuando tu papito se estaba muriendo, no dejaba de repetir tu nombre. ¡Se negaba a irse y se aferró a la vida nada más para poder verte una última vez! Y la niña, ¡ni sus luces para contestar el pinche teléfono!
—Sabiendo perfectamente que él se podía poner mal en cualquier momento, ¡todavía te das el lujo de apagar el celular!
—¡Dime, Nanette! ¿Dónde quedó tu cargo de conciencia?
Cada palabra le dio justo en la herida y la dejó sin aire. El asco y la culpa le subieron de golpe; alcanzó el baño como pudo y lo soltó todo.
Eloísa fue detrás de ella y la miró con cara de sospecha.
—¿Estás embarazada?
Nanette tardó un buen rato en recuperar el aliento antes de contestar.
—No. Nada más traigo mal el estómago.
—Pues sí, era de esperarse —murmuró Eloísa.

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