—La verdad, nunca me imaginé que Galileo se metiera con la esposa de su hermano.
—Nanette, ¿cómo es que no me platicaste de algo tan grave?
—Y sobre el divorcio, ¿de verdad piensas separarte de Galileo?
—Piénsalo bien. Una vez que dejes a la familia Godoy, te vas a quedar sin nada y no serás nadie.
Nanette se miró al espejo. Estaba pálida como el papel. De pronto, sintió una punzada de dolor por el bebé que llevaba en el vientre.
Esta pequeña vida realmente estaba sufriendo demasiado junto a ella.
—Pierde cuidado. Aunque me quede en la calle pidiendo limosna, jamás te pediré un peso a ti.
Eloísa suspiró aliviada.
—Tú lo dijiste. Ojalá no sean puras palabras al aire.
Nanette se sentía vacía por dentro.
—Yo lo dije.
Eloísa se dio la vuelta satisfecha. Al llegar a la puerta, se detuvo y la miró.
—Nanette...
Nanette notó un tono de resignación en su voz, pero no le hizo caso.
Ese lugar le había roto el corazón por completo.
El simple nombre de Eloísa ya casi era una pesadilla para ella.
—Pase lo que pase, no me eches la culpa —dijo Eloísa, con un tono lleno de indirectas.
Nanette pensó que era una tontería que Eloísa soltó en un arranque, así que no le dio importancia.
Solo se llevó dos cosas de Guillermo: una pluma y un peluche.
La pluma se la había comprado con el dinero de su beca para regalársela en su cumpleaños.
Nunca pensó que él la guardaría como un tesoro hasta ahora.
Y el peluche era un premio que ella se ganó en un puesto de tiro al blanco cuando Guillermo la llevó a pasear.
Él también lo había conservado con mucho cariño todo este tiempo.
Al ver esos dos objetos, a Nanette se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas, pero se aguantó las ganas de llorar.
Al salir de Colinas de Monteverde, no volteó hacia atrás ni una sola vez.
Jamás volvería a pisar ese lugar.
Al llegar a su casa en Altavista Premier, la voz de Melba se escuchó desde lejos.
—¡Señorita, ¿por qué compró tantos cortes de carne?!
Nanette se estaba cambiando los zapatos y se quedó sorprendida.
—¿Cortes de carne?
[Iba pasando por ahí.]
Nanette dudó muchísimo de esa respuesta, pero no quiso darle más vueltas al asunto.
[Pues parece que vaciaste el restaurante.]
Noel: [Es que no quería hacer fila.]
Nanette: [¿Entonces compraste toda la carne del lugar de un jalón? ¿Y el dueño se dejó?]
Noel: [Le pagué el doble.]
Nanette se quedó sin palabras al leer el mensaje.
Qué bárbaro.
Eso sí que era tener dinero para tirar para arriba.
Antes de que Nanette pudiera terminar de escribir el siguiente mensaje, una llamada telefónica la interrumpió.
—Buenas tardes, señorita Larco. Soy Nereo, del despacho de abogados. Le llamo para platicar sobre el testamento que dejó su padre antes de fallecer. ¿Podría darse una vuelta por el despacho?
Nanette se quedó con cara de confusión.
¿El testamento de mi papá?
—Señorita Larco, me gustaría que platicáramos en persona —insistió el abogado—. Le pido que venga lo más pronto posible; es un asunto sumamente delicado.

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