Al pisar de nuevo la casa de reposo, Nanette traía una actitud muy diferente.
Aunque todavía albergaba esperanzas, trataba de no hacerse demasiadas ilusiones.
Tenía miedo de que, a mayor esperanza, más fuerte fuera la caída.
Cuando Ximena volvió a ver a Nanette, no mostró ni sorpresa ni nerviosismo.
Sentada detrás de su escritorio, los miró con total tranquilidad.
Como si ya los estuviera esperando.
—Ayer, en cuanto te vi, supe que no eras de las que se tragan cualquier cuento. Sabía que ibas a regresar.
Nanette la miró con frialdad.
—¿Por qué?
Ximena tomó un sorbo de té para aclarar su garganta áspera y pareció perderse en sus recuerdos.
—Esta casa de reposo la fundó mi esposo. Cuando él falleció, me quedé yo sola a cargo de todo. Ya pasaron cuarenta años exactos.
—Con el tiempo, empezaron a llegar más y más adultos mayores. Al principio estaba bien, pero los hijos de muchos de ellos desaparecieron. Dejaron de pagar las mensualidades y simplemente se olvidaron de sus padres.
—Básicamente, los abandonaron aquí.
—Pensé en correrlos, pero verlos ahí, tan desamparados... se me partió el corazón. Así que me dije que los mantendría por un tiempo, que un plato de comida no se le niega a nadie.
—Pero lo que empezó como uno o dos, pronto se volvieron diez, luego veinte. Empezó a faltar el dinero. No solo era darles de comer a tantos, también había que cuidarlos.
—Algunos estaban muy enfermos, necesitaban doctores, medicinas. Todo eso cuesta dinero.
—Jm.
Ximena se acomodó el cabello blanco.
—Se supone que es una casa de reposo, pero ya parece un refugio improvisado. Yo ya ni sé cuánto tiempo más aguante. Trato de ir al día; mientras yo tenga qué comer, no dejaré que esos pobres viejos que no tienen a nadie se mueran de hambre.
—Así que aceptaste los cinco millones que te dio Eloísa para mantener el lugar a flote —concluyó Nanette.
—Así es —admitió Ximena.
Ximena se quedó muda.
—Tu madre...
—¡Sí! ¡Candela es mi mamá, mi verdadera madre!
Ximena se le quedó viendo unos segundos y luego esbozó una sonrisa amarga.
—Pues si eres su verdadera hija, ¿se puede saber por qué nunca en todos estos años viniste a verla? ¿Sabes a quién estuvo esperando ver más de veinte años, solita en este lugar?
—¡A ti, a su hija!
A Nanette se le cerró el pecho de golpe; el aire le alcanzaba apenas.
Noel enseguida le apretó el hombro con una mano para darle ánimos y salió en su defensa:
—Ella se acaba de enterar de que su mamá estaba aquí. Todo esto fue obra de Eloísa. Nanette también lleva veintiocho años buscando a su madre, y hoy por fin creía haberla encontrado.
—Y luego llegas y le dices que su mamá falleció. ¿No te imaginas el golpe tan duro que fue para ella?

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