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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 229

Ximena se quedó en silencio; su rostro se llenó de tristeza.

—Lo siento mucho.

Nanette tenía la cabeza hecha un lío.

¡Eloísa!

¡Tenía que ser Eloísa!

¿Cómo fregados había descubierto que su mamá estaba ahí?

¿Y a dónde se la había llevado?

¿Acaso... seguiría viva?

Nanette no quería ni imaginarse lo peor.

Frente a Ximena, Nanette marcó el número de Eloísa.

—¡Eloísa! ¿Qué le hiciste a mi mamá?

A Eloísa no le sorprendió en absoluto el tono; al contrario, le respondió con descaro:

—Vaya, no pensé que te enterarías tan rápido. Pero no te apures, tu mamá está vivita y coleando, todavía no se muere.

Nanette tragó saliva; se le cerró la garganta y aun así forzó la voz.

—¡Dónde está!

—Si quieres saberlo, ven a Colinas de Monteverde —soltó Eloísa.

Nanette apretó los dientes.

—¡Voy para allá!

El coche iba a toda velocidad por la carretera, sin hacer una sola parada.

Pero no era Nanette quien manejaba, sino Noel.

Nanette, sentada en el asiento del copiloto, no podía calmarse.

Su mamá seguía viva.

De verdad estaba viva.

Menos mal.

Noel rompió el silencio.

—Si Eloísa está haciendo esto, seguro es para usarla como moneda de cambio y negociar algo contigo.

Antes de subirse al coche, Nanette ya se imaginaba algo así. Pero de repente, recordó otra cosa y se le puso la piel de gallina.

—Noel, me acabo de acordar de algo.

Noel no apartaba la vista del camino.

—¿De qué?

—De algo que me dijo Galileo el día que me fue a buscar.

—¿Ah, sí?

—Me dijo: «Tal vez tu papá tuvo una impresión muy fuerte al regresar a su cuarto y por eso le pasó lo que le pasó».

Eloísa estaba sentada en los sillones de la sala, ojeando una revista de moda.

La revista traía todo lo que estaba en tendencia este año: ropa, bolsas, zapatos y todo tipo de joyas.

Esas cosas eran el vicio de Eloísa.

Si no estaba comprando, es porque iba en camino a hacerlo.

Siempre había tirado el dinero a manos llenas.

Al verla llegar, Eloísa levantó la mirada y bajó la revista con pereza.

—Con el deslave que hubo por Ópalo, juraba que hoy no regresabas.

El comentario lleno de veneno no logró hacer enojar a Nanette.

—Gracias a Dios tengo la piel muy dura. No te vas a librar de mí tan fácil.

Eloísa soltó una risita burlona.

—Pues aunque no me hubieras buscado tú, yo iba a ir a buscarte.

—Déjate de rodeos —la cortó Nanette—. Dime, ¿dónde está mi mamá?

Eloísa se puso a jugar con las pulseras de oro que llevaba en la muñeca.

—¿Estás ciega o qué? ¿Qué no ves a tu madre aquí sentada?

Nanette la barrió con la mirada.

—¿Tú? ¡Por favor!

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