En su momento, Yolanda se había casado con Martino porque realmente estaba enamorada de él.
Y cuando Martino falleció, ella también se hundió en una profunda tristeza.
Pero detrás de esa tristeza, también había pánico.
El día que Martino salió corriendo y se mató en las carreras clandestinas, fue justo después de una pelea brutal con ella.
Martino le había encontrado mensajes muy comprometedores con otros hombres.
Yolanda le dio excusas absurdas, y él, cegado por el coraje, salió dando un portazo.
Yolanda nunca imaginó que lo que para ella era un simple coqueteo casual por mensaje, terminaría costándole la vida a su esposo.
Después de la muerte de Martino, tuvo pesadillas durante días.
Soñaba que Martino volvía del más allá para vengarse. Eso fue lo que casi la llevó a una depresión.
Pero los Godoy pensaron que estaba así de enferma porque lo extrañaba demasiado, y sintieron tanta lástima que la consintieron aún más.
Para evitar que se pusiera triste, nadie volvió a mencionar el nombre de Martino en su presencia.
Mucho menos permitirían que viera una foto de él.
Y Nanette, justo por eso, metió la foto debajo de su almohada.
Cuando Galileo entró hecho una furia a la recámara, Nanette supo al instante que la foto había pegado donde dolía.
—¡Nanette! ¡Levántate ahora mismo!
Le arrancó la cobija de un jalón y la agarró del brazo.
Galileo la levantó a la fuerza hasta dejarla sentada.
—Tú...
Las palabras se le atoraron en la garganta.
Nanette tenía lágrimas escurriendo por las mejillas y los ojos enrojecidos.
Era una escena que él jamás había presenciado.
En sus recuerdos, Nanette no era tierna, ni lloraba; era como un robot sin emociones.
Galileo se quedó sin saber qué decir, olvidando por completo a qué había ido. —¿Qué... qué tienes?
Nanette se limpió las lágrimas. —Me estás lastimando, Galileo.
Él la soltó como si quemara. —¿Por qué lloras?


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