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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 24

Diciendo eso, hizo el ademán de levantarse para irse.

Nanette se rio por dentro y, ya sola, se restregó los ojos como si así pudiera borrarse el cansancio.

Maldita sea.

Se había pasado con la cebolla y los ojos le ardían horrores.

Galileo pensó que estaba llorando de nuevo y se volvió a sentar.

—La verdad es que hoy aguantaste mucho, hasta le cediste la recámara a Yolanda. Pero no te preocupes, en cuanto termine la cuarentena del parto, voy a hacer que se mude con Anatolia e Ivón.

«¡A mí me vale madres!», pensó Nanette.

Pero en voz alta dijo con tono lastimero: —Si sabes que todo esto me duele y me hace sentir mal, ¿por qué viniste a reclamarme sin siquiera preguntarme qué pasó? ¿Acaso no valgo nada para ti?

—Galileo, yo soy tu esposa.

Al verla con esa carita de perro regañado, a Galileo se le fueron las ganas de irse.

—Ya, mi amor, tranquila. Hoy me quedo a dormir contigo.

Nanette negó con la cabeza suavemente. —Mejor ve a ver cómo sigue Yolanda, yo voy a estar bien.

—Acabas de decir algo muy cierto, tú eres mi esposa. No debería ignorarte tanto —respondió él.

Era difícil saber si lo decía en serio o de dientes para afuera.

Nanette se quedó estupefacta un instante.

—Nanette —Galileo la miró con ternura, esbozando una sonrisa de satisfacción—. Estos últimos días siento que has cambiado bastante.

—¿En qué he cambiado?

—Estás más obediente, y mucho más comprensiva.

Nanette le dio una sonrisa de alivio fingido. —Es porque ya entendí las cosas. Lo hecho, hecho está, no saco nada con amargarme. Además, ahora que la familia Godoy tiene a Mateo, veo que todos están más felices, y me da gusto por ustedes.

A Galileo le sonó raro cómo lo dijo.

—¿Cuál "ustedes"? Tú también eres parte de la familia Godoy.

Nanette mantuvo su sonrisa falsa y no dijo nada.

Vaya, como ver un cerdo volar.

Era la primera vez en la vida que Galileo le decía que ella era parte de los Godoy.

Antes de eso, nadie en esa casa la había tratado como familia.

Cuando había asuntos importantes, siempre cerraban las puertas para dejarla afuera, cuidando que no escuchara nada.

Incluso, Nanette jamás había puesto un pie en la empresa de Galileo.

—Regresa a tu cuarto de inmediato, estás en plena cuarentena, no puedes enfriarte.

—Estoy bien.

Yolanda puso su mejor cara de víctima indefensa.

—Gali, yo sé que Nanette no dejó esa foto ahí a propósito. Por favor, no te pelees con ella por mi culpa, ¿sí?

—No estamos peleando —le aseguró él—. Nanette ya me explicó y efectivamente, no fue su intención.

Yolanda se quedó paralizada por un segundo. Cuando desvió la mirada hacia Nanette, sus ojos brillaron con resentimiento.

—Yo... —El cuerpo de Yolanda se tambaleó.

Galileo la sostuvo de la cintura rápidamente. —¿Estás bien?

Yolanda negó con la cabeza de manera frágil.

—Sí... fue solo un mareo repentino.

—Entonces vete a descansar ahora mismo —le ordenó.

Yolanda se mordió el labio, haciendo como si quisiera decir algo pero no se atreviera.

—Es que...

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