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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 244

Galileo apretó los puños con tanta fuerza que le tronaron los nudillos.

—¡Carajo, Nanette! ¿Tenemos que llegar a estos extremos? ¡¿Por qué no podemos llevar la fiesta en paz?!

Nanette soltó una carcajada amarga.

—¿La fiesta en paz? Toda tu familia me pisoteó como si fuera basura, ¿y ahora me pides que me vaya calladita? No, mi rey, las cosas no son tan fáciles.

Galileo apretó la mandíbula.

—Te ofrezco un trato. Si retiras la demanda ahorita mismo, yo hablo con mi abuela y te subimos la compensación a mil millones de pesos.

—Mil millones, Nanette. Con eso te compras una vida entera sin volver a pedirle nada a nadie.

Galileo juraba que con esa cifra la iba a convencer.

Sin embargo, ella ni se inmutó. En sus labios se dibujó una sonrisa cargada de desprecio y respondió con total frialdad:

—Guárdatelos. No me interesan.

Galileo resopló, incrédulo.

—¿Mil millones y los rechazas? Ya párale a tu teatrito, Nanette. Tu familia ya te dio la espalda; si te vas de mi lado, te quedas sin un centavo y sin un lugar donde caer muerta. ¿De qué demonios vas a vivir?

Nanette apoyó la barbilla en su mano y parpadeó con fingida inocencia.

—Uy, pues ya te irás enterando.

Al verla con esa actitud tan cínica y relajada, Galileo ya ni siquiera supo si valía la pena seguir haciendo corajes.

Dejó escapar un suspiro de frustración y bajó el tono de voz.

—Ya, Nanette, no hagas las cosas más grandes. Vamos a divorciarnos por las buenas, como habíamos quedado, y más adelante yo veo cómo te traigo de regreso.

—No me interesa —atajó ella sin dudar.

Galileo se le quedó viendo con odio, ya sin saber qué más decirle.

—¡Órale, pues! ¡Haz lo que se te pegue la gana!

Galileo, fúrico, se puso de pie para largarse.

Nanette esbozó una media sonrisa.

—Pero bueno, considerando el tiempo que estuvimos casados, supongo que podemos negociar algo.

Galileo se detuvo en seco.

—¿Me estás viendo la cara de pendejo?

—Un poquito. ¿A poco no se puede? —ironizó ella—. Al fin y al cabo, yo tengo el sartén por el mango.

—A mí no me las va a vender, pero a ti sí. Sé perfectamente que ya están en negociaciones y que solo falta cerrar el precio para firmar el contrato.

Galileo se quedó analizando la situación hasta que por fin le cayó el veinte.

—¡Ah! ¿Entonces armaste todo este circo nada más para recuperar Grupo Larco?

Nanette decidió ir al grano.

—Sí. Quiero mi empresa de vuelta.

Galileo soltó una carcajada burlona.

—Te tienes en un concepto muy alto. ¿De verdad crees que con una simple demanda de divorcio me vas a obligar a entregarte Grupo Larco? Estás alucinando.

—Ya veremos quién termina pagando el plato. Yo que tú no me confiaría.

Esa frialdad le dejó una comezón amarga en el pecho. La mujer que tenía enfrente seguía siendo su esposa.

La tenía ahí, a menos de un metro de distancia, pero se sentía como si fuera una completa extraña.

En el pasado, cada vez que ella lo buscaba, a él le fastidiaba su existencia y deseaba que desapareciera de su vista.

Y ahora que lo estaba haciendo, que se estaba alejando por voluntad propia... ¿por qué le remordía tanto la consciencia?

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