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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 253

—No debí casarme con alguien que nunca me quiso, y tú no debiste conformarte conmigo. Si nunca hubiéramos entrado en este matrimonio, nada de esto estaría pasando hoy.

Galileo miró ese hermoso rostro y sintió un vacío profundo en el pecho.

De pronto, sintió un miedo terrible a perderla.

Pero, a estas alturas, ya no le quedaban opciones.

—Galileo, dejémoslo así. No es que de verdad te duela que me vaya, simplemente no estás acostumbrado a no tenerme cerca. En unos cuantos días se te va a pasar.

Los dedos de Galileo rozaban el volante, trazando círculos distraídamente.

Nanette sabía que él estaba calculando los pros y los contras.

Entre el matrimonio y la realidad, él siempre elegiría la segunda.

Después de un buen rato, Galileo giró la cabeza y habló con voz apagada:

—Está bien, terminemos esto por las buenas.

Nanette esbozó una ligera sonrisa.

—Va.

Sintiendo que por fin se quitaba un peso de encima, Nanette hizo el ademán de bajarse del coche.

De repente, Galileo la agarró de la muñeca.

—Mañana en la noche... vamos a cenar.

Por supuesto, Nanette no tenía ganas.

—No hace falta.

Galileo apretó un poco más su agarre.

—Estuvimos juntos tres años y jamás te invité a cenar como se debe. Antes de que se firme el divorcio, tengamos una buena cena.

Su tono sonaba extrañamente sincero.

—Tómalo como una cena de despedida. Si vamos a terminar por las buenas, ¿no me puedes conceder eso?

Nanette lo dudó unos segundos.

—Está bien.

Se repitió que sería la última vez que le daba gusto: una despedida y punto. Después de esto, cada quien tomaría su rumbo.

Galileo la soltó.

—Paso por ti mañana.

—De acuerdo.

Nanette se bajó del auto.

Inexplicablemente, su mirada se desvió hacia el edificio tres.

—No se preocupe, señorita. No me voy a despegar de ella. Le preparé un caldito de pollo muy rico, ahorita se lo sirvo.

—Mil gracias, Melba —dijo Nanette, sintiendo un gran alivio.

Tenerla cerca le quitaba un gran peso de encima.

Habían quedado a las cinco.

Cuando Nanette subió al coche de Galileo, ya eran las cinco y cuarto.

Para su sorpresa, Galileo no la presionó ni hizo ningún berrinche. Al contrario, le entregó un ramo de flores.

—Sé que te gustan los girasoles, los compré especialmente para ti.

Nanette los tomó y forzó una sonrisa.

—No te ves muy feliz —comentó él—. ¿No te gustaron?

—Las flores me encantan —respondió ella—. Pero el que me las da, no.

En el pasado, cuántas veces había deseado que Galileo le diera un detalle así en alguna fecha especial o que la invitara a una cena romántica.

Jamás sucedió.

Y ahora que estaban a punto de divorciarse, el sueño se hacía realidad.

Lástima que ella ya había dejado de soñar hace mucho tiempo.

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