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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 264

Galileo se fue a su recámara.

Yolanda fue detrás de él.

Habían pasado demasiadas cosas en un solo día; a Galileo le dolía la cabeza y se sentía cada vez más irritado.

Por eso le habló de mala gana:

—Vete a cuidar a Mateo, quiero estar un rato a solas.

Pero Yolanda no se fue; al contrario, se acercó a abrazarlo.

—No le hagas caso a lo que dijo la abuela ahorita. Nomás lo hace para asustarte. ¿Tú crees que mi papá se va a meter en los negocios de la familia Godoy? Con su propio consorcio tiene de sobra para estar ocupado.

—Así que por favor, Gali, no te vayas a hacer ideas raras ni a malinterpretar las cosas, ¿va?

De pronto, ese abrazo le dio cosa. ¿Qué le pasaba?

¿Acaso antes no era esa faceta frágil y desamparada de Yolanda lo que más le encantaba?

Le fascinaba que fuera encimosa, que le hiciera mimos.

Pensaba que era mil veces mejor que esa mujer tan desabrida.

Pero, ¿qué le estaba pasando ahora?

Sentía que cada vez le gustaba menos ese jueguito.

Al contrario, lo que sentía por...

Galileo apretó los dientes y se insultó mentalmente.

«Galileo, ¡no seas estúpido!».

Yolanda no era tonta y se dio cuenta de inmediato de que él la estaba rechazando.

Una punzada de tristeza la invadió.

—Gali...

Justo cuando iba a hablar, notó que él tenía una lastimadura en la oreja.

Y no solo eso, su ropa olía al perfume de otra mujer.

A Yolanda se le hizo un nudo en el pecho. Aun así, se cuidó mucho de lo que iba a decir.

—Gali, ¿qué te pasó en la oreja?

Galileo dudó una fracción de segundo.

—Me rasguñé sin querer.

«¿Se rasguñó?».

¿Por qué eso parecía más bien una mordida?

Y ese perfume, era obvio que no era el de ella.

Yolanda se mordió el labio, con un nudo en la garganta.

Galileo se quitó el saco y lo aventó al sillón.

Aunque sin muchas ganas, Galileo se la puso.

En cuanto terminó, Yolanda se puso de puntillas y le dio un beso apasionado.

Galileo apretó los labios.

Su mente viajó al recuerdo del tacto de sus labios contra la mejilla de Nanette en el coche.

Qué piel tan suave tenía esa mujer.

Al ver que Galileo aceptaba el beso, Yolanda se puso más atrevida y empezó a desabotonarle la camisa.

—Gali, ya estoy lista...

A pesar de que ella se le ofrecía, Galileo no sentía ni la más mínima gota de deseo.

Le apartó las manos y frunció el ceño.

—Yolanda, de verdad estoy cansadísimo. Con todo lo que pasó con la abuela, no tengo ganas.

Yolanda tuvo que resignarse.

—Bueno.

Al recordar algo, volvió a hablar:

—Oye, Gali, encontré un restaurante buenísimo. Hay que ir.

—Mañana voy a firmar el contrato de las acciones con ella, no tengo tiempo —respondió él sin darle vueltas.

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