—Entonces yo te acompaño —dijo Yolanda.
Por miedo a que él se negara, se apresuró a añadir:
—No te preocupes, yo no me meto en sus asuntos. Nomás me siento en algún lado a esperarte y ya.
Dicho esto, le agarró la mano a Galileo y se bamboleó como niña chiquita, haciéndole mimos.
—Ándale, Gali, ¿sí?
Galileo solo quería que se largara ya de una vez.
—Ajá.
Yolanda, feliz de la vida, le dio otro beso en la mejilla.
—Bueno, ya te dejo descansar. Hasta mañana.
No fue sino hasta que la puerta se cerró que Galileo sintió que todo volvía a estar en paz.
El celular sonó, anunciando un mensaje.
Galileo lo miró y luego lo aventó contra la pared.
Era un texto de Nanette avisándole que ya había subido la solicitud de divorcio al sistema en línea.
Y al final agregó:
[Mañana a las tres de la tarde. No olvides llevar el contrato de transferencia. Nos vemos en la oficina.]
Al enviar el mensaje, Nanette sintió que se le quitaba un peso enorme de encima.
En eso, Melba abrió la puerta y entró con algo que brillaba en la mano.
¡El reloj de Noel!
Nanette no cabía en sí de asombro y alegría.
—¡Sí apareció!
—Hoy, que andaba haciendo limpieza a fondo, lo hallé atorado entre los cojines del sillón —explicó Melba—. Seguramente se cayó por ahí en algún descuido.
Nanette abrazó a Melba, emocionada.
—¡Melba, qué buena noticia!
Al fin iba a poder darle la cara a Noel.
—Pues regrésaselo a Noel lo antes posible. Algo con tanto valor sentimental no se puede andar perdiendo —le aconsejó Melba.
Nanette se quedó mirando el reloj en su palma, quería mandarle un mensaje a Noel, pero le daba pena.
Llevaba un par de días sin buscarla, ¿sería por lo que pasó aquella vez?
¿Acaso pensaba que era una resbalosa?
No habían pasado ni veinte minutos desde que mandó el mensaje.
Aunque, la verdad, en esos veinte minutos, Nanette se había repetido todo un discurso mental.
Se decía a sí misma que, cuando viera a Noel, tenía que portarse súper normal, como si no hubiera pasado nada.
Tenía que saludarlo como lo hacía siempre.
Pero a la mera hora...
Cuando él entró, Nanette se quedó muda y nomás agachó la cabeza, haciendo como que tomaba sopa.
Noel se acercó al comedor y se sentó frente a ella.
—Se te va a meter el pelo al plato.
Nanette levantó la cara de golpe y se acomodó el cabello.
Al cruzar miradas con él, de pronto se atragantó y empezó a toser.
Noel se quedó en silencio, esperando a que se le pasara.
—Si te incomoda que esté aquí, me puedo ir.
Al escuchar eso, Nanette sintió un piquete raro de incomodidad.
—¡No es eso! Es que me da mucha pena verte a la cara.

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