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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 274

Los ojos de Dina se iluminaron.

—¡Perfecto! Entonces ve a hablar con la familia Cortés.

Galileo se puso pálido del coraje.

—¡Dina, quítate esa idea de la cabeza!

—Además de que él no está a la altura de nuestra familia, ¡jamás permitiría que estuvieras con él!

Dina sintió que las lágrimas estaban a punto de salirle por la desesperación.

—¿Por qué? ¿Solo porque es tu rival?

—¡Sí, exactamente por eso! Sabes perfectamente cuántos técnicos clave nos ha robado. Y últimamente no deja de meterse con nosotros, parece que trae a Faro Tecnológico entre ceja y ceja, buscando pleito a propósito.

—¡La competencia es normal! Y si tus empleados se fueron con él es por tu mala administración. La gente se va porque no los tratas bien, ¿qué culpa tiene él?

Dina estaba tan enfrascada en su berrinche que no notó que la mirada de Galileo se había vuelto amenazante.

Yolanda, a su lado, le jalaba la ropa para que se callara, pero ella ni cuenta se dio.

—Lo que pasa es que sabes que él es mejor que tú. Le tienes envidia y por eso no me dejas estar con él. Te da miedo que, si andamos, te sientas todavía más poca cosa a su lado.

¡Zas!

El sonido de una cachetada resonó en el lugar.

Galileo le había cruzado la cara a Dina.

Yolanda se tapó la boca del susto.

Ella era la consentida de Galileo, ¿cómo era posible que...?

Dina se quedó atónita. Se llevó la mano a la mejilla roja, mirándolo sin poder creerlo.

Galileo no mostró ni un gramo de arrepentimiento, y mucho menos compasión. Con el rostro endurecido, le advirtió:

—Escúchame bien, Dina. Puedes elegir a cualquier hombre del mundo, menos a un Cortés. Quítate esa idea de la cabeza. A menos que ya no me consideres tu hermano, nunca voy a estar de acuerdo con eso.

Por primera vez en la discusión, a Dina se le salieron las lágrimas.

—¡Bien, entonces ya no soy tu hermana!

Tras gritar eso, salió corriendo a llorar.

Yolanda se quedó pasmada, sin atreverse a decir una sola palabra.

El Galileo de hoy se sentía completamente diferente al hombre que conocía.

Era mucho más frío y agresivo.

—Galileo... —murmuró Yolanda con cautela—.

Venancio abrió la boca para responder, pero al final se tragó las palabras.

«Al diablo».

¿Qué más daba quién lo olvidaba y quién no? Ese no era su problema.

Para evitar que la situación se pusiera incómoda, cambió de tema.

—Hace rato, con todo y el berrinche que armó Dina, no soltó el nombre de Noel. Se nota que...

—Es porque no quiere que Galileo se pelee con él —completó Nanette.

Al fin y al cabo, estaba enamorada.

—Más que gustarle, yo digo que ya hasta se enamoró. Si no, con lo impulsiva que es, jamás se hubiera quedado callada.

Lástima que fuera tan egocéntrica y creída.

En eso, los dos hermanos eran igualitos.

—Bueno, y ahora que ya se resolvió todo, ¿cuál es el siguiente paso?

Nanette sonrió levemente.

—Mudarme. Y después concentrarme al cien por ciento en prepararme para el concurso.

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