—Cuando vayas a mudarte nos echas un grito, y vamos a ayudarte.
—Sale, les voy a tomar la palabra.
Venancio alzó una ceja. —¿Ese «les» incluye a Noel?
—Si tiene tiempo y quiere ir, claro.
Venancio soltó una risita. —Con una sola palabra tuya, así se esté cayendo el mundo, él va.
El sonido de un celular interrumpió la plática.
La pantalla mostraba el nombre: Eloísa.
Desde que murió Guillermo, Nanette había cambiado el contacto de «Mamá» a «Eloísa».
Su relación de madre e hija había terminado para siempre.
Contestó de mala gana.
—¿Qué pasó?
—¿Le compraste a Galileo las acciones de la empresa?
—Las noticias vuelan.
—Con razón te urgía tanto que te pagara. Me la tenías guardada. Tanto teatro, y resulta que esto era lo que de verdad querías, Nanette.
—Piensa lo que quieras, me tiene sin cuidado.
Eloísa se quedó muda unos segundos.
—Escuché que ya te conseguiste a un inversionista forrado en dinero. No cabe duda de que qué buena eres para saltar de un hombre a otro sin perder el tiempo.
Nanette no se guardó la respuesta.
—Para habilidades, las tuyas. Matar a tu propio marido y correr a tu hija solo para quedarte con toda la herencia.
El tono de Eloísa se volvió más frío.
—No seas grosera, por derecho eso me correspondía.
Nanette bufó con sarcasmo.
—¿Tú crees en el karma?
Eloísa resopló con desdén.
—Yo creo que cada quien ve por lo suyo. El que no se pone vivo, se lo comen.
Nanette soltó un pequeño suspiro.
—Vaya, ya ni siquiera intentas disimular. Pero bueno, así es la mujer que yo conozco. Felicidades, por fin lograste lo que querías.
—Felicidades a ti también, te quedaste con el Grupo Larco.
Mientras hablaba, Nanette echó un vistazo casual por la ventanilla.
Y en ese momento, vio la figura de Félix.
—Detente —le pidió a Venancio.
—A veces, la inocencia es solo una forma de llamar a la estupidez.
Eloísa se enfureció tanto que casi cuelga.
—Por los tiempos en que fuimos madre e hija, te daré un consejo de buena fe. Por mucho dinero que tengas, si no lo sabes cuidar, te lo vas a terminar acabando.
—Ya conoces el dicho, «La riqueza rara vez dura más de tres generaciones». Seguro lo has escuchado.
Eloísa no entendía a dónde iba con eso.
—¿De qué hablas?
—De que dejes de gastar el dinero a lo tonto y te pongas a vigilar a tu hijito, no vaya a ser que un día acabe tras las rejas y tú ni en cuenta.
—¡Cállate! ¡Estás enferma! Félix es un buen niño, es muy bien portado. ¡Deja de decir estupideces y de echarle la sal, maldita loca!
Después de soltarle otra lluvia de insultos, Eloísa le colgó.
Del otro lado de la calle, las patrullas ya se habían ido.
Venancio chasqueó la lengua.
—Ahí están las consecuencias de criarlo como un niño mimado. ¿No piensas intervenir?
Nanette cerró los ojos, agotada.
—No es mi problema.
Ella ya no pertenecía a la familia Larco.

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