El hospital en el que estaba Yolanda era una clínica de maternidad internacional carísima.
Para no arriesgarse, la abuela Anatolia mandó a traer a un especialista de renombre desde Puerto Alba solo para atender el parto.-
En la habitación VIP.
Yolanda estaba recostada en la cama. Tenía muy buen color, no parecía que acabara de pasar por el suplicio de un parto.
Galileo estaba sentado a su lado, dándole de comer caldito en la boca, cucharada por cucharada.
Soplaba cada vez para asegurarse de que no se fuera a quemar.
Nanette no pudo evitar recordar los tres años que llevaba con Galileo.
A ella jamás la había tratado con ese nivel de detalle y ternura.
Su relación siempre había sido diplomática, distante, de puro compromiso.
Hasta cuando se metían a la cama parecía que él solo estaba cumpliendo con una obligación.
Nanette siempre creyó que así era su personalidad.
Como toda la vida lo habían tratado como a un rey, pensaba que no estaba acostumbrado a ser cariñoso.
Fue hasta que murió Martino que se dio cuenta de su error.
Ese hombre tan orgulloso sí sabía bajar la cabeza, pero solo por la única mujer a la que de verdad quería.
Nanette abrió la puerta y entró.
Los dos voltearon a verla.
Yolanda se iluminó al verla. —¡Cuñada! ¡Qué bueno que viniste!
Ese «cuñada» le revolvió el estómago a Nanette.
Galileo tomó una servilleta, le limpió la boca a Yolanda con toda la calma del mundo y luego le dirigió la palabra a Nanette. —Llegaste.
—Sí —respondió Nanette.
—Hazle compañía un rato a Yolanda. Voy a bajar a comprar algo de fruta, se le antojaron unas uvas —dijo Galileo.
Yolanda lo miró con ojos suplicantes, como si se le fuera la vida en eso. —Ay, no, manda a alguno de los empleados, no tienes que ir tú.
—Prefiero ir yo. Sé perfecto qué es lo que te gusta y aprovecho para ver si se te antoja otra cosa. Está aquí abajito, no me tardo nada.
Yolanda bajó la mirada, toda tímida. —Bueno, está bien.
Al pasar junto a Nanette, Galileo le echó un ojo al arreglo floral que llevaba en las manos.
—Pon las flores allá, junto a la ventana; a Yolanda no le gustan los girasoles.
Nanette pestañeó, conteniendo todo lo que de verdad quería soltarle, pero justo cuando iba a abrir la boca, una voz chillona interrumpió la escena.
—¡Yolanda! ¿Por qué estás llorando? ¡Acabas de dar a luz, por favor cálmate y descansa, no te vayas a descompensar!
Era Ivón, que venía saliendo del cunero con el bebé en brazos y le lanzó una mirada asesina a Nanette.
El recién nacido todavía estaba muy arrugadito, ni siquiera se le distinguían bien las facciones ni a quién se parecía.
Pero lo que sí resaltaba era un enorme dije de rubí que llevaba colgado al cuello.
Nanette conocía esa joya a la perfección.
Era una pieza de colección, rarísima y de un valor incalculable.
La familia Godoy solo tenía dos de esas, que fueron el regalo de bodas del difunto don Severino Godoy a Anatolia.
Cuando los nietos se casaron, Anatolia le dio uno al mayor, Galileo.
Y el otro a Martino.
Por lo visto, Galileo le había regalado su tesoro más preciado a ese bebé.
Quedaba más que claro lo importante que era ese niño para él.
—¿Todavía no superas el asunto, verdad? ¿Viniste hasta acá nada más para hacerle la vida de cuadritos a Yolanda? —le reclamó Ivón.

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