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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 4

A Nanette le cayó de peso el reclamo.

¿Acaso había abierto la boca?-

¡No había dicho ni media palabra!

—Lo que hizo Yolanda fue con el permiso de toda la familia. ¡Lo que pasa es que estás muerta de la envidia!

—Llevas tres años con Galileo y ni tus luces de quedar embarazada. Si vas a echarle la culpa a alguien, échate la culpa a ti por no servir para eso.

Esas palabras se podían malinterpretar muy fácil.

Nanette levantó la vista, manteniendo su expresión gélida, y soltó un dardo envenenado.

—Por lo que dice, suegra, pareciera que Yolanda no tuvo este hijo para dejarle un heredero a su esposo muerto, sino para darle un hijo a Galileo en mi lugar.

Ivón se quedó patidifusa.

—¡Yo no dije eso! ¡Dije que estás celosa!

Nanette sonrió apenas y dejó de seguirle el pleito; con Ivón era como hablarle a la pared.

Además, sabía perfecto que a su suegra no le pasaba ni con agua.

Yolanda intervino, secándose las lágrimas para hacerse la mediadora.

—Mamá, por favor, no regañes a Nanette. Si la tratas así, van a pensar que ustedes dos se llevan mal por mi culpa, y me voy a sentir súper mal.

Ivón cambió su expresión a una sonrisa empalagosa de inmediato. —Ya, ya, está bien, no digo nada. Solo te estaba defendiendo. Es que a veces, cuando te ven tan buena persona, se quieren aprovechar.

—Se creen que en la familia Godoy no hay quien te defienda.

Yolanda abrió los brazos para cargar al bebé. Tenía los ojos llenos de ternura.

Y también... de una profunda satisfacción.

Desde la muerte de Martino, en la familia Godoy casi puras mujeres mandaban.

Estaban Anatolia, Ivón, Dina, la hermana menor que seguía estudiando en el extranjero, Yolanda y Nanette.

Galileo era el único hombre de la casa.

Así que la llegada de un varoncito los tenía vueltos locos de felicidad a todos.

Después de amamantarlo, Yolanda le pasó el niño a Ivón.

Ivón lo arrulló dándole palmaditas suaves en la espalda.

En eso le sonó el celular a Yolanda.

Pero la llamada duró apenas unos segundos.

—Suegra, mi papá me acaba de avisar que al rato viene a verme con mi mamá —anunció Yolanda con una sonrisa.

—Queríamos que Yolanda se fuera a recuperar a una clínica de maternidad privada, pero no quiso, prefiere estar en la casa. Ya le contratamos a las mejores enfermeras.

Nanette ni se inmutó. —¿Y eso me lo dices para...?

—Nomás te estoy avisando.

—No te molestes, ni que yo fuera a darles permiso. Hagan lo que se les dé la gana.

A Galileo le cayó mal el tonito. —Tú siempre...

Pero Nanette lo cortó en seco: —Galileo, te perdono.

Te perdono tus desplantes.

Y te perdono tus infidelidades.

Porque ya me das exactamente igual.

Nanette se dio la media vuelta y se fue, sin siquiera mirar atrás.

Caminaba con la espalda recta, a paso tranquilo pero firme.

Galileo la vio alejarse y se le hizo un nudo incómodo, antes de por fin entrar a la habitación.

Nanette no se regresó a la casa. Agarró su coche y se fue directo al área de ginecología de otro hospital.

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