—Hermano...
A Galileo se le partió el corazón y miró a Nanette para pedirle piedad.
Pero al toparse con esos ojos fríos y burlones, las palabras se le atoraron en la garganta.
—Dina, ya escuchaste a la abuela. Salte al patio.
Dina soltó un berrido dramático.
Sus chillidos retumbaron por toda la casa.
Nanette vio cómo Yolanda se acercaba lentamente y sonrió para sus adentros.
Por fin la actriz principal salía a escena.
Para el cierre estelar.
Como acababa de tener al bebé y tenía a una niñera de lujo atendiéndola las veinticuatro horas, Yolanda se veía radiante, fresca como una lechuga.
Además, traía una blusa que le resaltaba los pechos llenos por la lactancia, dándole un aire de coqueta vulnerabilidad.
Nanette no pudo evitar voltear a ver a Galileo.
El muy cabrón salió disparado a ayudarla a caminar, regañándola con voz dulce: —¿No te dije que te quedaras en el cuarto a descansar? ¿Qué haces aquí abajo?
Yolanda lo miró con ojitos tiernos. —Es que escuché los gritos y me quedé preocupada, tenía que venir a ver. Gali, tranquilo, estoy bien.
Dina corrió hacia Yolanda hecha un mar de lágrimas. —¡Yolanda, por favor, convence a la abuela! ¡Me quieren mandar a asolearme al patio como castigo!
Obviamente, Yolanda no era tan mensa como para ponerse a discutir con Anatolia.
Se dirigió a Nanette: —Oye, Nanette, ya ves cómo es Dina de impulsiva, a veces habla sin pensar. ¿No podrías perdonarla por esta vez, tomando en cuenta que es la adoración de la familia y la hermanita consentida de Galileo?
¡Qué joya!
¡Ese discurso era una obra maestra!
—Está bien. —Nanette lanzó un suspiro todavía más dramático—. Ya vi que en esta casa tratar de hacer lo correcto es un desperdicio. Si es así, mil perdones por meterme. Hagan con ella lo que se les dé la regalada gana.
Y entonces, como si el cuerpo le obedeciera al guion, a Nanette se le resbalaron dos lágrimas por las mejillas.
—Nanette... —Al verla llorar, a Galileo se le encogió el corazón—. Espérate...
—Ya no digas nada. —Nanette se mordió el labio para verse más sufrida—. Galileo, fui tu esposa durante tres años y no me arrepiento de nada. Te juro que intenté de todo para que este matrimonio funcionara, pero ya me quedó claro que estuve perdiendo mi tiempo y mi dignidad.
Con los ojos llorosos, se le quedó viendo directo al alma. —Si todos en esta casa me detestan tanto, mejor hay que divorciarnos.
—Si me voy de la familia Godoy, al fin van a ser felices.
Antes de que Galileo pudiera abrir la boca, Nanette se dio la media vuelta y salió corriendo, llorando desconsolada.
Justo cuando Nanette cerraba la puerta de su cuarto, el rugido de Galileo retumbó en cada rincón de la casa:
—¡Dina! ¡Te me vas al patio ahorita mismo!

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