—Anoche me quedé a dormir en el cuarto de Yolanda porque Mateo andaba como enfermito, no paraba de llorar. Solo se calmaba cuando yo lo cargaba.
Nanette levantó una ceja y esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Qué lindo. Tienen una gran conexión de padre e hijo.
Galileo, absorto en sus propias excusas, continuó:
—Así que todo fue exclusivamente por el niño. No te vayas a hacer ideas raras.
A Nanette le brincó muchísimo su actitud.
¿Galileo dándole explicaciones? ¡Milagro!
—¿Y de cuándo acá te justificas conmigo?
—No quiero que haya malentendidos.
Nanette se burló para sus adentros.
Que se quedara encerrado toda la noche en el cuarto de la viuda de su hermano… hicieran algo o no, era una falta de respeto y un descaro.
Era imposible que él no supiera lo que significaba la palabra "límites".
Mucho cuento con que lo hacía por el niño, la realidad era que le dolía más dejar sola a Yolanda.
No tenía ganas de seguir escuchando sus tonterías.
—Ya me voy. A lo mejor llego tarde en la noche.
Galileo la agarró del brazo.
—Todavía no termino de hablar contigo.
Nanette se tragó la molestia.
—Dime.
—¿Es en serio que quieres el divorcio?
Nanette pensó: «Por supuesto».
Pero no podía soltarlo así nada más.
Le urgía deshacerse de él, claro.
Pero no en ese momento.
Si se divorciaban a la de ya, las cosas se pondrían en su contra.
Así que le volteó la jugada con maestría.
—Eres tú el que me hace sentir que quieres el divorcio.
Galileo la soltó del brazo y pareció quitarse un peso de encima.
—Yo no tengo ninguna intención de separarme de ti.
Lejos de conmoverse, esa respuesta le cayó como piedra.
Decidió tantear el terreno:
—Nanette, hoy te hicieron pasar un muy mal rato, pero te lo voy a compensar.
¡Otra vez con la misma cantaleta!
Nanette le dio una sonrisa hipócrita.
—¿Ah, sí? ¿Cómo? Si ni siquiera quisiste darme el departamento de Altavista Premier que ya me habías prometido.
A Galileo se le atoraron las palabras.
—P-puedo platicarlo otra vez con Yolanda...
Nanette tuvo que amarrarse las manos para no darle una cachetada ahí mismo.
A este imbécil se le olvidaba que ELLA era su esposa legal.
¡¿En qué mundo un esposo le tiene que pedir permiso a la amante para darle algo a su propia mujer?!
¡Era una burla!
—No vayas a tomar —le advirtió él a sus espaldas, con un tono de falsa preocupación.
Nanette ni siquiera volteó.
Las “atenciones” cuando ya es tarde no resucitan nada.
¿De qué sirve que te ofrezcan un paraguas cuando ya dejó de llover?
Melba, que iba pasando con el trapeador, se le quedó viendo de reojo a Galileo mientras él veía cómo se alejaba su esposa.

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