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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 34

—Ay, no cabe duda de que la señora Nanette es una chulada de mujer. Si mi vago de hijo se consiguiera a una muchacha que fuera la mitad de lista que ella, le juro que me iría de rodillas a la villa a darle gracias a Dios.

Galileo quitó la vista de la puerta y frunció el ceño.

—Melba, creo que estás hablando de más.

—¡Híjole, patrón! ¿A poco a mí también me va a correr de la casa?

Galileo se quedó mudo.

Melba lo había criado y había estado más tiempo con él que la propia Ivón.

Por eso, él no la veía como a una simple empleada de limpieza.

De golpe, Galileo entendió lo cabrón que es el hábito.

Estaba tan acostumbrado a tener a su esposa en la casa que, al imaginarse el día en que cada quien tomara su rumbo, sintió un vacío en el pecho.

Nanette llevó el collar a la joyería.

Lo raro estuvo en que el encargado ni siquiera abrió el estuche, lo guardó directo.

Nanette se extrañó muchísimo.

—Oiga, ¿no lo va a checar?

El tipo titubeó un segundo.

—No, no hace falta. Se ve que usted es una persona de fiar, no creo que nos quiera dar gato por liebre.

A Nanette no le cuadró el asunto, pero tampoco tenía cómo reclamar.

Al final, se encogió de hombros. El dinero ya estaba en su cuenta.

Así que, al final, decidió no darle más vueltas.

Ya con el pendiente resuelto, sacó el celular para marcarle a Camila.

En eso, le entró una llamada de Eloísa.

—¡Nanette! ¡Vente para la casa ahorita mismo! ¡A tu papá le pasó algo!

Y antes de que le pudiera preguntar qué pasaba, le colgaron.

A Nanette se le heló el cuerpo y salió disparada rumbo a su casa. Cuando llegó, el portón estaba cerrado y no se escuchaba ni un alma.

Pero al empujar la puerta principal, se quedó helada.

En la sala había más de diez tipos altos y corpulentos, todos con cara de pocos amigos, de esos que te advierten con la pura presencia.

El cabecilla traía puesto un traje, pero tenía la cara llena de cicatrices y un aspecto de matón.

Ella conocía a Guillermo a la perfección.

Él era un hombre de negocios, y jamás se habría metido con agiotistas a menos que estuviera en la calle.

Para él, la situación de la empresa todavía tenía remedio.

Porque contaban con el complejo turístico y con esa casa en Colinas de Monteverde como respaldo.

En el peor de los casos, vendería las propiedades.

La cara de culpa que puso Eloísa lo dijo todo.

Nanette lo entendió de golpe.

Iba a reclamarle, pero su madre se le adelantó para justificarse:

—¡Pues es que me tenían contra la espada y la pared! Tu papá ya andaba con la necedad de rematar el hotel y vender esta casa. Si lo hace, se va a quedar sin ganas de vivir. Dime, Nanette, ¿a poco tú tendrías el corazón para ver a tu papá deprimido y en la ruina por el resto de su vida?

Ya ni llorar era bueno, de nada servía echar culpas a esas alturas.

Nanette de inmediato se acordó de aquel dineral.

—No me digas que esos seis mil millones que debían eran del préstamo que pediste.

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