Galileo podía sentir perfectamente cómo su instinto pedía a gritos salir.
Tenía el deseo hecho un nudo, pidiéndole un escape inmediato.
Pero, cuando se dio la vuelta y se inclinó para besarla, se quedó paralizado.
La cara de Nanette le atravesó la mente sin avisar.
Su cabello suelto cayendo con desorden sobre su espalda, su piel clara, su cintura esbelta y delicada...
Soltó a Yolanda de la cintura de golpe, y el deseo se le esfumó por completo.
Yolanda no entendía qué pasaba y siguió buscando contacto.
—Gali...
Él la detuvo.
—Perdóname, me dejé llevar por el momento.
Yolanda dejó un hombro al descubierto, lanzándole una mirada provocativa.
—Gali, yo te entiendo. Sé que tú y Nanette llevan muchísimo tiempo sin tener intimidad.
—Pero eres un hombre y tienes necesidades.
—Gali, no me molesta ayudarte...
Galileo soltó un suspiro. —Yolanda, no podemos hacer esto.
A Yolanda se le pusieron los ojos llorosos. —No te estoy pidiendo nada a cambio. Lo que quiero decir es que te puedo ayudar a resolver tus necesidades.
Para no herir su ego, Galileo buscó la mejor excusa posible.
—Acabas de dar a luz, no puedes tener intimidad bajo ninguna circunstancia.
Yolanda se mordió el labio. —Puedo… de otra manera
—Yolanda —la cortó él, sin ganas de escuchar más—. Estoy un poco cansado, me voy a mi cuarto a descansar.
No le dio tiempo de contestar y salió casi huyendo, como si el aire ahí adentro le faltara.
Yolanda se quedó llena de rabia y frustración; tuvo que romper un par de cosas en el cuarto para calmarse un poco.
Al día siguiente.
Nanette se topó con Galileo, quien recién se levantaba.
Traía unas ojeras terribles, como si no hubiera pegado el ojo en toda la noche.
A ella le dio igual y ni le preguntó.
Se sentaron a la mesa a esperar a que Melba les sirviera el desayuno.
Esa chamaca seguro iba a salir con uno de sus numeritos.
Terminaron de desayunar y se fueron al Registro Público de la Propiedad.
Había muchísima gente, así que tuvieron que sacar ficha y esperar su turno.
Como a Dina le aburría estar ahí sentada, se salió a caminar por ahí.
De repente, Galileo sacó un tema a colación.
—La próxima semana hay una subasta de caridad, vas a venir conmigo.
Nanette contestó con un «Ajá» bastante desinteresado.
Justo cuando por fin iban a anunciar su número, Dina entró corriendo.
—¡Galileo, creo que Mateo está enfermo!
La cara de Galileo cambió de golpe a puro nerviosismo. —Si cuando salimos estaba perfectamente, ¿cómo que se enfermó?
Dina: —¡Ay, no sé! Estaba aburrida y le marqué a Yolanda, y ella me lo acaba de decir.
Al decir eso, volteó a ver a Nanette con toda la intención.
—Yolanda sabía que estabas en algo importante, y hasta me suplicó que no te dijera nada para no molestarte. Pero, ¡obvio que te iba a decir, si todo lo que tenga que ver con Mateo es la máxima prioridad para la familia Godoy!

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