Galileo volteó hacia Nanette y dijo:
—Vámonos, podemos regresar otro día, no pasa nada.
A Nanette se le escapó una risa por dentro,
¿A poco creía que ella estaba en pañales para tragarse eso?
Las verdaderas intenciones de Yolanda eran más que evidentes.
Pero, por supuesto, Galileo era el único que no se daba cuenta.
Dina lo apresuró:
—Galileo, ya vámonos. Es solo un traspaso, podemos venir cualquier otro día. Mateo te necesita.
Galileo no quiso perder más tiempo y se dio la vuelta para irse.
—Galileo —lo detuvo Nanette—. Ya es nuestro turno, solo es cuestión de firmar, no nos quitará mucho tiempo.
Galileo la miró con evidente molestia. —¿De verdad no sabes cuáles son las prioridades?
Dina hizo una mueca a su lado, sin ocultar su tono provocador.
Nanette estaba más que segura de que Mateo no estaba enfermo.
Si fuera algo grave, no se habrían enterado por boca de Dina.
Anatolia o Ivón habrían llamado directamente.
Qué ironía.
Yolanda gastaba todas sus energías en manipular a Galileo.
Quería hacerse la santa cuando era todo lo contrario.
Nanette sabía que ya no tenía caso intentar retener a Galileo, así que prefirió guardar silencio.
—Señor Godoy.
Una voz familiar llamó su atención.
Nanette volteó a ver de dónde provenía y se quedó pasmada al ver a la persona que se acercaba con paso tranquilo.
Era Noel.
¿Ya había regresado de su viaje de negocios?
Galileo se detuvo. —¿Noel?
Noel sonrió con naturalidad. —Qué sorpresa encontrarte por aquí.
Noel no dijo más y volvió a dirigirse a Galileo.
—Señor Godoy, si ya terminó con sus pendientes, hay un proyecto en el que me gustaría escuchar su opinión.
Galileo soltó una carcajada. —Noel, eres uno de los mejores en el sector, ¿de verdad necesitas mi opinión?
—Si hablamos de los mejores, tú te llevas el título. Apenas voy llegando a San Lirio y todavía no conozco bien el mercado ni las tendencias de aquí. Si no te molesta que seamos de la misma industria, me encantaría que me dieras un par de consejos —dijo Noel.
Nanette se aguantó la risa.
Recordaba muy bien que, cuando platicó con Noel el otro día, él tenía un conocimiento impresionante sobre el futuro del mercado.
Pero ese comentario fue suficiente para inflar el ego de Galileo.
—Dame un momento, termino el papeleo con mi esposa y platicamos —respondió Galileo.
Nanette caminó unos pasos y volteó a ver a Noel.
Él asintió levemente con la cabeza.
Nanette le respondió con una sonrisa de agradecimiento.
Intuía que Noel había inventado todo eso solo para ayudarla.
Mientras tanto, Dina, que minutos antes estaba tramando algo, miraba a Noel totalmente embobada, sin poder apartar la vista de él.

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