Nanette no tuvo más remedio que aguantarse el coraje. En su habitación tenía comida, así que ni por un segundo se le ocurrió pedirle a Melba que le llevara algo.
Pero Melba, preocupada por ella, le había llevado algo de comer a escondidas.
Por eso, Nanette se sentía terriblemente culpable.
Miró a Yolanda, la misma que había ido directo a meter cizaña, y por primera vez sintió un rechazo de verdad.
Yolanda cambió de expresión en un segundo.
—Nanette, te juro que no lo hice a propósito. Estaba preocupada de que murieras de hambre y quería llevarte algo de comer, pero entonces vi que Melba ya lo estaba haciendo.
—Justo en ese momento la abuela llamó por teléfono. No pensé mucho las cosas y se me salió decírselo.
—Nanette, perdóname...
Nanette ya no pudo contenerse.
—¡Tú cállate!
Era demasiado descaro. A pesar de que sus intenciones eran obvias, todavía se atrevía a poner esa cara de inocencia.
Yolanda, haciéndose la víctima, se encogió como una niña asustada y se escondió detrás de Galileo.
Galileo frunció el ceño con molestia.
—Yolanda es una mujer ingenua. No lo pensó dos veces y solo dijo la verdad. ¿Qué culpa tiene ella?
Anatolia intervino con un grito severo.
—¡Nanette! Ubícate de una buena vez. ¡Esta no es tu casa y no tienes ningún derecho a venir a hacer tus berrinches aquí!
A Nanette se le endureció la mirada. «Vaya, conque “esta no es tu casa”, eh».
Ivón soltó una carcajada llena de burla.
—¿Acaso crees que la familia Larco sigue siendo tan poderosa como antes? Venir a darte aires de grandeza en la casa de los Godoy... ¡Te equivocaste de lugar para andar de alzada!
Nanette sonrió por puro orgullo, aunque por dentro se le apretó el pecho.
A pesar de que la familia Larco ya no estaba en su época de gloria, el que tuvo, retuvo. Si su propia familia se preocupara por ella y estuviera dispuesta a respaldarla, tal vez no tendría que aguantar tantas humillaciones con los Godoy.
—Ahora sí entiendo lo que es que te traten como si fueras menos solo porque se sienten por encima —dijo Nanette, con una sonrisa amarga.
—¡Nanette! —Galileo se acercó a paso rápido y la agarró del brazo—. ¡Cierra la boca!
Luego, se inclinó hacia ella y susurró:
—¿Ya se te olvidó lo que te dije anoche?
Nanette ladeó la cabeza con una sonrisa irónica.
—¿Te refieres a la parte de «salvar el matrimonio»?
¿Tratando de provocarla con psicología inversa?
Nanette sabía muy bien lo que hacían, así que, aunque tenía la palabra «divorcio» en la punta de la lengua, se contuvo.
En ese momento, por nada del mundo podía caer en su trampa.
Pero también necesitaba soltar todo ese coraje que traía hecho bolas.
Por eso, con una media sonrisa y una mirada llena de desdén, respondió:
—Abuela, últimamente parece disco rayado repitiendo lo mismo. ¿De verdad soy yo la que ya no quiere seguir con Galileo, o es usted la que ya no quiere que estemos juntos?
Anatolia se quedó pasmada y le lanzó una mirada de reproche a Galileo.
El día anterior, ella misma había ido a hablar con su nieto para sondear el terreno.
Lo que no se esperaba era que Galileo se opusiera rotundamente al divorcio.
Ese fue el gran error de cálculo de Anatolia.
—En esta casa, mi marido es quien manda para mí, así que solo lo escucho a él.
Nanette se lo dijo directo a Galileo, a propósito.
—Si mi esposo está decidido a pedirme el divorcio, no tendré nada más que decir. Pero si él no quiere separarse, estoy dispuesta a quedarme a su lado toda la vida.

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