—Ya voy en camino. Llego en media hora más o menos —respondió Nanette.
—¡Nanette, si me dejas plantado, me vas a escuchar!
—No me atrevería.
Media hora después, el coche llegó al Restaurante La Terraza Real.
Era de esos lugares con fama de inalcanzables: aunque reservaras con días de anticipación, conseguir mesa era un milagro. Decían que la familia del chef había cocinado para gente muy pesada desde hace generaciones.
Apenas terminó de estacionarse, le llegó una notificación al celular.
Al abrir el mensaje, vio que en su cuenta de banco había cien mil pesos de más.
Inmediatamente después, recibió un mensaje de texto lleno de disculpas, de parte de Guillermo.
[Nanette, ten este dinero para que comas y compres lo que quieras en tu viaje, no te limites. Perdóname por no poder darte más, pero te aseguro que en cuanto la empresa se recupere, te daré una buena parte de los bonos.]
Nanette sabía muy bien que el verdadero motivo por el que Guillermo no tenía mucho dinero no era la empresa.
Era porque Eloísa había tomado el control absoluto de las finanzas familiares.
Precisamente para evitar que Guillermo le diera un solo centavo a Nanette.
Nanette no se lo echó en cara.
[Papá, muchas gracias. Esto es más que suficiente.]
Guardó el celular y le dio el nombre de Venancio al recepcionista.
El mesero la acompañó amablemente hasta el salón privado más grande del lugar.
Al abrir la puerta, más de diez pares de ojos se clavaron en ella.
La voz de Venancio resonó fuerte y en tono de burla:
—¡Vaya, por fin nos honra con su presencia la señorita Larco! Si no llegabas, iba a ir yo mismo a buscarte.
Camila corrió hacia ella y la tomó de la mano.
—¡Pásale! Te guardamos un lugar.
Dicho esto, jaló a Nanette hacia su silla.
Que estaba justo a la izquierda de Venancio.
Pero al ver quién estaba sentado a la derecha de él, Nanette se quedó helada.
Noel.
¿Qué hacía él ahí?
Venancio rodó los ojos y se apresuró a presentarlos.
—Noel, uno de mis mejores amigos.
Noel asintió en dirección a Nanette a modo de saludo.
Era una transferencia bancaria con un concepto que decía: "Feliz cumpleaños".
Venancio soltó una carcajada. Estaba a punto de decir algo cuando Nanette habló con tono de resignación:
—Ando corta de dinero últimamente, es lo único que te puedo dar. No hay ni un peso más, si te parece poco, regrésamelo.
Venancio se rio con más ganas.
—Lo que te iba a decir es que ya le había avisado a todos que no quería regalos. No tenían que gastar, la idea era nada más juntarnos y pasarla bien.
—¿Y por qué a mí no me dijiste nada?
—Se me olvidó.
«Sí, cómo no», pensó Nanette. Extendió la mano.
—Pues regrésame mi dinero.
Venancio se metió el celular a la bolsa del pantalón de inmediato.
—¡Lo que se da, no se quita! Además, es la primera vez que me das un regalo, menos te lo voy a devolver.
Nanette solo sonrió y no dijo nada más.
Originalmente pensaba comprarle algo.
Pero con tantas broncas que había tenido en un solo día, se le quitaron las ganas de andar buscando regalos.

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