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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 830

Para cuando Nanette regresó a San Lirio, ya era por la tarde.

Como había quedado en cenar con Irene Mera, decidió no ir a la oficina.

Tina estaba en la escuela y Melba había salido al supermercado, así que solo quedaba Bocadillo en casa.

El perrito era increíblemente intuitivo; parecía saber que Nanette estaba en una etapa avanzada de su embarazo, así que ya no saltaba sobre ella para recibirla. En su lugar, movía la cola frenéticamente para darle la bienvenida.

Nanette le acarició la cabeza y le sacó un hueso de carnaza del mueble.

Bocadillo lo tomó entre sus dientes y se fue a la sala a masticarlo feliz.

Nanette entró a su habitación, se dio una ducha rápida y se puso ropa holgada y cómoda para estar en casa.

Al escuchar el timbre, pensó que Melba había olvidado sus llaves. Sosteniéndose la espalda baja, caminó hacia la entrada.

Pero al abrir, se llevó una sorpresa mayúscula.

Allí, de pie, estaban Joaquín Cortés y Ulises.

Era obvio que para alguien como Don Joaquín averiguar su dirección no era ningún reto.

¿Pero por qué se presentaban de repente?

¿Acaso habían descubierto que Noel la había visitado a escondidas la noche anterior?

El corazón le empezó a latir con fuerza. La ansiedad la invadió y, por un segundo, no supo cómo reaccionar.

El rostro de Joaquín no mostraba expresión alguna. Era imposible saber si estaba molesto o tranquilo.

Ulises, por otro lado, le dedicó una sonrisa amable.

—Señorita Larco, ¿no invitará a Don Joaquín a pasar?

Nanette reaccionó de inmediato.

—Oh, disculpen. Pasen, por favor.

Nanette les sirvió dos vasos de agua fresca.

—Disculpe, Don Joaquín, no tengo mucho para ofrecerles.

Joaquín observó el lugar con atención.

—Aunque está un poco lejos del centro, la distribución y el entorno son excelentes. Es un lugar muy tranquilo, ideal para vivir.

Sin saber qué intenciones traía, Nanette decidió ser cautelosa.

—Mi difunto padre la compró en secreto para mí.

—Hizo bien en que fuera un secreto —respondió Joaquín—. Si la señora Eloísa se entera de que existe una propiedad tan buena, de seguro vendría a quitársela.

Su mirada bajó un momento hacia el vientre abultado de Nanette antes de agregar:

—Espero que sepa disculparnos por presentarnos sin previo aviso.

Nanette forzó una sonrisa.

—No hay cuidado.

—Ya falta poco, ¿verdad?

¿Eh?

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