En el coche.
Joaquín mantenía el ceño fruncido.
Ulises sabía perfectamente qué era lo que lo atormentaba, así que intentó calmarlo.
—Don Joaquín, tal vez las cosas no resulten tan terribles como pensamos.
Joaquín suspiró con impotencia.
—Ulises, no conoces a Arturo Zamora desde ayer. ¿Acaso ignoras la clase de hombre que es?
Arturo era ambicioso, calculador y sumamente vengativo.
Un hombre que había sobrevivido arrastrándose desde una cueva de lobos. Hasta su sangre era fría.
—Pero el joven amo está decidido a casarse con la señorita Larco —argumentó Ulises—. Además, el bebé que ella espera es su propio nieto. Y, con la amenaza que hizo el joven amo... no podemos obligarlo por la fuerza.
Ese era el problema. No podían usar la fuerza.
Y eso lo complicaba todo.
El mejor de los escenarios era ganar una excelente nuera y un nieto.
El peor de los casos... era perder a su hijo y quedarse sin nada.
Joaquín miró por la ventanilla, murmurando para sí mismo:
—Los cimientos de la familia Cortés están a punto de temblar.
***
Por la noche.
Nanette llegó puntual a su cita.
Irene ya la estaba esperando en la mesa.
Al verla, se levantó de inmediato y le apartó la silla.
Nanette sonrió al sentarse.
—Gracias.
—Si no calculo mal, te deben faltar un par de meses para dar a luz —dijo Irene.
Nanette la miró con cierta sorpresa.
—No pensé que lo recordarías.
Irene le pasó el menú.
—No conozco bien tus gustos ni sé si la comida de aquí te sentará bien.
Nanette sonrió con dulzura.
—De verdad, no tienes que ser tan formal. Ya somos amigas.
Irene le devolvió una sonrisa conmovida.
—Gracias. Me alegra que me consideres tu amiga.
Mientras esperaban los platos, Irene tomó una bolsa que había dejado en la silla y se la entregó.

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