O tal vez, solo tal vez, Galileo sí querría a ese bebé.
Quién sabe.
Pero Irene no estaba dispuesta a apostar.
—¿Piensas tener al niño, y por eso pusiste esa excusa para irte? —preguntó Nanette.
—Sí. Aunque hay otra razón... el Galileo de ahora me asusta un poco.
Nanette podía entender perfectamente la impotencia y la desesperación de Irene.
Cuando ella misma se casó con él, también había pasado por un torbellino de emociones oscuras y complejas.
Irse era lo mejor.
Alejarse de Galileo significaba escapar del desastre.
—¿Cuándo te marchas?
—Primero voy a traspasar el negocio de la floristería, luego me despediré de las demás chicas y me iré.
—¿Y Galileo está dispuesto a dejarte ir así nada más?
Irene esbozó una sonrisa cargada de tristeza.
—Me dijo que me largara de una buena vez.
Nanette se quedó en silencio.
¡Un maldito sin remedio!
Seguía siendo el mismo hombre frío y despiadado de siempre.
Sintiendo una punzada de compasión, le ofreció su apoyo:
—Cuando llegues allá, mantente en contacto conmigo. Ya tengo experiencia con esto del embarazo; cualquier duda que tengas, pregúntamela. No cargues con todo tú sola.
»Recuerda que somos amigas. No lo olvides.
Los ojos de Irene se llenaron de lágrimas.
—Quería decirte, por última vez, perdóname por...
—No lo digas —la interrumpió Nanette—. Te perdoné hace mucho tiempo. Ahora que somos amigas, no hay deudas entre nosotras. Cuídate mucho, valora tu vida; esa será la mejor forma de compensarme.
—Lo haré —dijo Irene, aguantando el llanto—. Antes de despedirnos, ¿puedo darte un abrazo?
Nanette le regaló una sonrisa cálida.
—Casualmente, yo también quería abrazarte.
Irene recordó algo importante.
—Escuché que tu amiga, la señorita Mancilla, ahora trabaja en la empresa de Galileo. No sé cómo terminaron juntos, pero no creo que sea una buena noticia para ti. Ten mucho cuidado.

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