Al acercarse, Galileo miró el coche de reojo con actitud altanera.
—¿Cambiaste de coche?
Nanette percibió al instante el fuerte olor a alcohol que emanaba de él.
Era asfixiante.
Dio dos pasos hacia atrás.
—Hace mucho tiempo.
—¿Y por qué dejaste de usar el que tenías?
—Porque no quería hacerlo.
Tal vez porque acababa de dejar a Irene, la actitud de Nanette hacia Galileo era extremadamente fría.
Galileo frunció el ceño.
—¿No querías usarlo porque te lo compré yo?
Nanette bufó con irritación.
—Exacto. No quiero absolutamente nada que tenga que ver contigo.
—¿Ah, sí? —Galileo se apoyó contra el vehículo, dedicándole una sonrisa cargada de malicia—. Pero yo también te usé a ti. ¿Qué vas a hacer al respecto?
Nanette se quedó sin palabras por un segundo.
—¡Galileo, estás enfermo!
Él curvó los labios en una sonrisa perversa.
—Solo digo la verdad. Al fin y al cabo, eres mercancía usada. Mía.
Nanette se obligó a mantener la calma.
Sabía que él estaba diciendo esas bajezas solo para provocarla. Si perdía los estribos, él ganaría.
Así que le devolvió la sonrisa.
—Si lo pones de esa manera, entonces tú también eres sobras que yo usé. Y para ser exactos, eres basura usada de la que me deshice porque ya no me servía.
El golpe directo dejó a Galileo sin palabras. Su rostro comenzó a contorsionarse de ira.
—¡Nanette! ¡Te crees la gran cosa! Piensas que por ser una simple vicepresidenta ya estás por encima de todos. Déjame decirte algo: tu origen ya trazó tu destino. ¡En toda tu miserable vida jamás podrás entrar a la alta sociedad!
—¿Qué es la alta sociedad? —preguntó ella, riendo sin una pizca de enojo—. Si la alta sociedad está llena de gente como tú, prefiero quedarme fuera. Prefiero vivir en un lugar limpio.
Galileo detestaba que lo desafiaran.
Especialmente cuando ya estaba de pésimo humor.
La inminente partida de Irene lo tenía frustrado. No la amaba, ni le importaba en lo más mínimo su bienestar.
Pero el hecho de que ella se fuera lo enfurecía.

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