—No es por eso.
—¿Entonces qué es?
Los hermosos ojos de Jovita parpadearon.
—Creo que, en verdad, me está empezando a gustar.
Adrián frunció el ceño.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, en serio. —La expresión de Jovita se suavizó—. Antes, por mi relación pasada, nunca me había tomado el tiempo de mirarlo bien. Pero ahora, mientras más lo observo, más me gusta.
—Es tan brillante, tan deslumbrante... Cada vez que lo veo concentrado en su trabajo, aunque parezca un bloque de hielo, es increíblemente guapo y fascinante.
—Y cuanto más me rechaza, más interesante me parece. Es como un reto enorme que estoy ansiosa por superar.
Adrián apretó los labios, sorprendido.
No esperaba escuchar algo así de ella.
—No olvides que eres la señorita de la familia Zamora. No tienes que humillarte ni rogarle a nadie.
—No, no lo entiendes. Ceder por amor no es humillarse, es simplemente consentir a la otra persona.
Adrián frunció más el ceño y no dijo nada más.
Jovita se acurrucó en la silla de masajes por un rato y de repente se levantó.
—Oye, quiero preguntarte algo.
—Dime.
—Si una mujer talla a mano un sello de escritorio para regalárselo a un hombre, ¿qué tipo de relación crees que hay entre ellos?
Adrián se quedó pensativo por un segundo.
—¿Por qué me preguntas eso?
Jovita tomó el dedo de Adrián y lo movió como hacía cuando era niña.
—No hagas tantas preguntas, solo dame una respuesta.
Adrián lo pensó mejor.
—¿Qué clase de sello?
—Un sello para firmar documentos, con el nombre de él grabado.
Adrián reflexionó otro poco.
—No creo que signifique mucho. Se lo pueden regalar entre amigos o entre parejas. Y es normal que tenga su nombre grabado.
Jovita se quedó callada, asimilando sus palabras.
—¿Tú crees...?

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