No se habría quedado de brazos cruzados.
Por ahora, parecía que Noel había ganado la apuesta con su padre.
Quintín suspiró aliviado.
—Si tu padre lo está aceptando en silencio, las cosas serán más fáciles. Al menos Nanette tendrá un respaldo.
—No se preocupen, padrino, señora Sabina —aseguró Noel—. Me casaré con Nanette.
Sabina se alegró, pero la preocupación no abandonaba su rostro.
—¿Y qué pasará con la señorita Zamora?
—Yo me encargo de ella.
Sabina iba a agregar algo, pero Quintín la detuvo.
—Noel, si necesitas ayuda con cualquier cosa, házmelo saber. Haré todo lo que esté en mis manos por apoyarte.
—Gracias, padrino.
—¿Qué agradeces? Somos familia. Después de todo, vas a casarte con mi ahijada. Cuando queríamos adoptarte a ti, te negaste, pero mira, ¡terminaste llamándome padrino de todos modos! ¡Jajaja!
Quintín rompió a reír con ganas.
Al verlo tan feliz, Nanette no tuvo el valor de interrumpirlo.
En el fondo, su mente seguía llena de dudas y preocupaciones.
Todo parecía tan incierto.
Una incertidumbre que eclipsaba la esperanza.
Pero ya no quería decir nada pesimista. No quería decepcionar a Noel.
Si él estaba dispuesto a apostarlo todo, ella apostaría a su lado.
Ganara o perdiera, aceptaría las consecuencias.
***
Sabina y Quintín se fueron primero.
Nanette, con el estómago lleno, se paseó por el pasillo apoyándose la zona lumbar para hacer algo de digestión.
Noel no dejaba de escribir en su teléfono.
Nanette intentó echar un vistazo, pero como no pudo ver nada, dio unos pasos hacia él.
¿Con quién diablos hablaba a esas horas?
De pronto, Noel levantó la vista y sus miradas se cruzaron.
Nanette sintió la vergüenza de ser atrapada in fraganti.
Noel giró la pantalla de su teléfono hacia ella.
—Estoy hablando con Isaac, temas de trabajo.
Nanette se aclaró la garganta.
—¿Y a mí qué me importa?
—Pensé que no habías alcanzado a ver.
Nanette se quedó sin palabras.

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