Entre sus miradas, algo nacía, se entrelazaba, los atrapaba.
Él no dijo una sola palabra, pero fue como si hubiera expresado miles.
—No preguntaré más —dijo Nanette con una leve sonrisa.
Afuera, Jovita detuvo sus pasos. Su mirada se posó en ellos durante mucho tiempo.
No compartían ningún gesto íntimo o comprometedor, pero la forma en que se miraban...
Jamás había visto una mirada semejante en los ojos de Noel.
Llena de ternura, devoción, e incluso una profunda dependencia...
—Srta. Zamora.
La voz repentina a sus espaldas no fue alta, pero logró asustar a Jovita.
Ella se dio la vuelta.
—¿Presidente Godoy?
Galileo echó un vistazo a las dos personas en la sala de suero.
—¿Podemos hablar?
El estado de ánimo de Jovita estaba por los suelos, no tenía ganas de hablar con él.
Al verla dudar, Galileo añadió:
—Es sobre el señor Cortés.
Jovita ya no dudó más.
Ambos buscaron un rincón apartado. La mente de Jovita seguía atrapada en la imagen de esas dos miradas encontrándose.
Galileo adivinó sus pensamientos.
—Una mujer de tan buena familia como la Srta. Zamora, además de ser una belleza innegable, haría que cualquier hombre cayera a sus pies. Pero resulta que el señor Cortés no muestra el menor interés. ¿No ha pensado en la verdadera razón?
Jovita frunció el ceño.
—¿La verdadera razón? ¿Qué intenta decir, Presidente Godoy?
Galileo curvó los labios con una pizca de sarcasmo.
—Cuando un hombre tiene a alguien a quien de verdad quiere y ama en su corazón, ignorará a cualquier otra mujer, por más hermosa y perfecta que sea.
El corazón de Jovita dio un vuelco.
—Insinúa que...
—Una mujer tan inteligente como la Srta. Zamora ya debió haber entendido —la interrumpió Galileo.
Jovita guardó silencio un buen rato.
—¿Nanette?

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