Nanette contestó la llamada.
—Bueno.
La voz de Noel sonaba tan suave y cálida como siempre.
Esa clase de ternura que él reservaba exclusivamente para ella.
—¿Ya comiste?
—Sí, acabo de terminar, ¿y tú?
—Comeré en un momento.
—Está bien —le advirtió Nanette—. No importa qué tan ocupado estés, no olvides comer. Ya sabes cómo te pones del estómago.
—Lo haré.
—Por los próximos días, yo...
—La noticia ya no está...
Ambos hablaron al mismo tiempo.
Nanette soltó una risita.
—Tú primero.
—No, dímelo tú primero.
—Solo quería preguntarte, ¿fuiste tú quien borró todo de internet?
—No —respondió Noel.
¿No?
—¿Entonces quién fue?
—Fue mi padre.
¿Joaquín Cortés?
Nanette se quedó muy sorprendida.
Aunque, pensándolo bien, no era algo tan descabellado.
Después de todo, se trataba de su propio hijo, a Don Joaquín no le convendría quedarse de brazos cruzados.
Pero entonces la preocupación invadió a Nanette.
—¿El señor Cortés volvió a regañarte?
—No, no me dijo nada.
¿No?
¿En serio no le dijo nada?
—Solo me dio un pequeño consejo de cuatro palabras.
—¿Cuáles cuatro palabras? —preguntó ella con curiosidad.
—Haz lo que quieras.
Noel hizo una pausa de varios segundos.
—También me pidió que te diera un mensaje.
—¿Qué mensaje?
—Me pidió que te avisara que, esta vez, no me golpeó.

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