Se imaginaba que la noticia sería el gran chisme en la hora de la comida.
Sin embargo, todos los empleados actuaban igual que siempre, como si nada hubiera pasado.
Gael le hizo señas a Nanette desde una mesa.
Nanette se acercó con su bandeja.
Pero al voltear, notó que Iris ya no estaba.
La buscó con la mirada y la encontró sentada sola en un rincón.
—¡Ve rápido y pídele perdón! —le exigió Nanette a Gael.
Gael no parecía muy dispuesto.
—¡Ni loco! Mejor así, al menos ya dejará de molestarme.
Mientras hablaban, Quique se sentó al lado de Iris con su bandeja.
Incluso le pasó una buena porción de su comida al plato de ella.
No se sabía qué le dijo, pero Iris sonrió.
Nanette regresó la mirada hacia Gael.
—Como tú siempre te la pasas diciendo que Iris y Quique harían buena pareja, viéndolo bien ahora, la verdad es que sí hacen bonita pareja.
Los ojos de Gael se entrecerraron.
—Sí, mucha.
Nanette negó con la cabeza.
«Sigue haciéndote el orgulloso», pensó.
Al poco rato, Iris se acercó a su mesa.
—¿P-puedo sentarme aquí?
No se lo preguntó a Nanette, sino a Gael.
Nanette le lanzó una mirada de advertencia a su amigo.
Gael, fingiendo molestia, se hizo a un lado para dejarle espacio.
—Hace rato no quisiste venir, ¿a qué vienes ahora?
Iris bajó la cabeza, sin atreverse a mirarlo.
—Tenía miedo de que siguieras enojado y no quisieras que me sentara a tu lado.
Gael se atragantó un poco.
—Vicepresidenta Larco, vine porque quería decirle algo —comenzó Iris.
—Dime, te escucho.
—Quique me acaba de decir que, en realidad, muchos en la oficina ya se dieron cuenta de que usted es la mujer de la foto.
—Ya me lo imaginaba —dijo Nanette sin inmutarse.
—Pero dijo que nadie la juzga. Al contrario, todos la apoyan.
Nanette se sorprendió.

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