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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 868

Camila se quedó atónita.

Jamás imaginó que Galileo seguiría obsesionado con ese asunto.

—Si me lo dices, prometo olvidar lo que pasó entre nosotros. Jamás saldrá de mis labios, como si nunca hubiera ocurrido.

Camila lo miró con total frialdad.

—¿Y si me niego?

—Entonces tal vez me cueste mantener la boca cerrada. Y me imagino que sabes perfectamente lo que pensarán de ti Nanette, tu exesposo y ese tal Noel —respondió Galileo.

El corazón de Camila se encogió por un segundo. Se tomó un instante para recomponerse antes de responder:

—Para ellos, yo ya dejé de importar hace mucho tiempo, así que lo que piensen me tiene sin cuidado.

»Galileo, ¿creíste que podrías amenazarme con algo tan bajo? Te equivocaste. Ve y grítalo a los cuatro vientos, por mí que se entere todo San Lirio. Al final del día, yo no seré la única avergonzada. Si yo caigo, te aseguro que tú y tu familia caerán conmigo.

Dicho esto, Camila se marchó sin mirar atrás.

Para su mala suerte, al salir de la casa se topó de frente con Ivón.

La mujer pensó que estaba viendo visiones.

—¿Y tú quién te crees que eres? ¡Qué haces saliendo del cuarto de mi hijo!

En realidad, Ivón ya había visto a Camila antes, pero en ese momento no logró reconocerla.

Camila no tuvo ni un gramo de paciencia.

—¡A usted qué le importa quién soy!

Ivón la agarró del brazo bruscamente.

—¡Explícate ahora mismo! ¿Quién eres? ¿De dónde salió esta resbalosa que viene a mi propia casa a seducir a mi hijo?

¡Zas!

Camila le estampó una bofetada sonora a Ivón.

El golpe fue tan fuerte que Ivón vio las estrellas.

Camila se rio con desdén.

—¿Se cree que soy Nanette, que la dejaba tratarla como se le antojara? ¡Conmigo no se equivoque! ¡Quítese de mi camino, que solo está estorbando!

No solo se ganó una bofetada, sino que además fue empujada.

Ivón, fuera de sí por la rabia, entró como un torbellino a la habitación de Galileo.

—¡Galileo! ¡Quién es esa desquiciada!

Él, que había escuchado todo el alboroto, esbozó una media sonrisa.

—Alguien con quien es mejor no meterse. Le sugiero que la deje en paz.

Ivón estaba echando humo por las orejas.

—¡Acaso estás ciego! ¡Esa mujer me acaba de pegar! ¿Vas a dejar que agredan a tu propia madre sin hacer nada?

Galileo sacudió la ceniza de su cigarro.

—Ese no es mi problema.

***

Nanette recibió un mensaje de Venancio justo cuando terminaba de desayunar.

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