Nanette sonrió y negó con la cabeza.
Subieron en el ascensor y entraron al departamento.
Tina y el perrito Bocadillo corrieron a recibirlos de inmediato.
—¡Tío Venancio!
Él la atrapó en el aire.
—Vaya, pequeñaja, ¿por qué sigues tan chiquita? ¿No has crecido ni un centímetro?
Tina hizo un puchero de tristeza.
—No, sigo igual. En la escuela soy la más bajita. Siempre me sientan en la primera fila. Las otras niñas de trece años son muchísimo más altas, y yo todavía parezco de ocho o nueve.
Nanette le dio un ligero golpe a Venancio en el brazo.
—Tenías que abrir la boca, ¿verdad? Ha estado muy deprimida estos últimos días por su altura.
Él trató de consolarla de inmediato:
—Tranquila, no pasa nada. Aunque ahorita seas más bajita que las demás, pronto darás el estirón y serás altísima, ya verás.
El rostro de Tina se iluminó.
—¿De verdad?
—De verdad. Confía en tu tío.
—Sí, te creo, tío Venancio.
La mirada de Tina recayó entonces en Zulema.
—Oye, a ella no la conozco. ¿Quién es?
A Zulema no le hizo mucha gracia que no la tratara con respeto.
—Deberías llamarme tía Zulema.
—Pero si te ves como una niña —replicó Tina.
Nanette y Venancio se alejaron disimuladamente para aguantar la risa.
A sus espaldas, la discusión estalló de forma clara y sonora.
Zulema se puso las manos en la cintura.
—¡Oye! ¡De qué estás hablando! ¡Cómo que parezco una niña, ya tengo veinticuatro años!
—¡Pero yo tengo trece! —argumentó Tina—. Aunque parezco más pequeña porque me faltaron vitaminas, solo me llevas once años. Decirte tía no cuadra. Te ves súper joven. Mejor te llamo por tu nombre, o como si fueras mi hermana mayor.
—¡No! ¡No puedes tratarme como a tu hermana!
—¿Por qué? Decirte hermana mayor suena bonito, y si te digo tía te vas a sentir vieja.
—¡No me importa sentirme vieja! ¡Pero no quiero ser tu hermana!
Tina también se puso las manos en la cintura, dispuesta a ganar.
—¡Pues así te voy a decir!

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