—Está a miles de kilómetros de aquí, cerrando un trato importantísimo. Si se entera de esto, no estará tranquilo y es capaz de tomar el primer vuelo de regreso. Y no quiero que haga eso. Quiero que se concentre en su trabajo y asuma sus responsabilidades —continuó Nanette—. Su vida no puede, ni debe, girar únicamente en torno a mí.
Nanette miró primero a Venancio. Él asintió.
—De acuerdo, tú mandas. Respetaré tu decisión.
Luego, miró a Gael. Él alzó una ceja.
—A mí ni me mires, yo casi no hablo con King.
Nanette le dedicó una sonrisa irónica.
—¿Ah, sí? Entonces, ¿quién le pasó todos los detalles de mi paradero aquellos días? ¡Hasta sabía en qué clínica de pueblo estaba! ¿O acaso me instaló un GPS en el cuerpo?
Gael miró al techo y luego al suelo.
—Yo no fui, de seguro fue Iris.
Iris dio un respingo.
—¡Claro que no! Yo soy absolutamente leal a la vicepresidenta Larco.
—Bueno, darle información a King sobre la vicepresidenta no es traición, es hacer de Cupido. Hasta merezco un premio —se excusó Gael.
Nanette no sabía si reír o llorar.
—Ay, Gael... Menos mal que estás hablando con Iris. Si fuera otra persona, ya te habrían dado una paliza.
Debido al mal rato del muñeco macabro, la cena transcurrió en un ambiente tenso.
Melba no paraba de suspirar, temerosa de que algo similar volviera a ocurrir.
—Señorita, ¿no sería mejor que nos mudáramos a otro lado?
Nanette, sin embargo, no había perdido el apetito. Los bocadillos que preparaba Melba seguían siendo igual de deliciosos que siempre.
—No serviría de nada, abuelita Melba —intervino Tina—. Vayamos a donde vayamos, nos van a encontrar. Esos seguidores son expertos en internet; cuando quieren encontrar a alguien, le investigan hasta el modo de caminar.
Melba se alarmó aún más.
—¡Ay, Dios mío! ¿Y entonces qué hacemos? ¿Qué tal si nos vuelven a mandar porquerías de esas?
Nanette sonrió para tranquilizarla.
—No pasa nada, Melba. A partir de ahora, si llega un paquete que no hemos pedido, tírelo directamente a la basura.

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