Nanette se bajó del taxi y, al ver el lugar, recordó que era el mismo restaurante elegante al que había llevado a Tina la última vez.
Era un sitio de ambiente exclusivo y comida excelente.
Pero a Nanette no le terminaba de agradar.
Al dar su nombre en la entrada, un mesero la guio hasta un reservado.
Jovita ya estaba allí, revisando las noticias en su celular. Al ver a Nanette, dejó el teléfono y le dedicó una sonrisa impecable.
—Llegaste. Toma asiento.
Nanette se sentó frente a ella.
—La última vez que vine, el menú de degustación me pareció muy bueno —comentó Jovita—. También pedí el nuevo helado que acaban de incluir en la carta para que lo pruebes.
Nanette estuvo a punto de decir que no podía comer cosas frías por su embarazo, ya que le podrían causar problemas estomacales.
Pero se contuvo y simplemente respondió:
—Gracias.
Jovita colocó una bolsa de papel sobre la mesa.
—La vez pasada, Tina me comentó que le gustaban mucho las muñecas, así que pedí que me mandaran de Puerto Alba el modelo más reciente.
Nanette dudó si aceptarlo o no, pero Jovita se le adelantó:
—Acéptala, por favor. Es mi forma de pedir disculpas por lo que pasó con su alergia. Me sentí terrible por eso.
Nanette asintió, tomó la bolsa y la dejó en la silla de al lado.
—Te lo agradezco en nombre de Tina.
—Noel me ha contado la historia de la niña —dijo Jovita en tono comprensivo—. Me dio mucha tristeza escucharla. Menos mal que se cruzó en tu camino.
—Tina es una niña muy madura para su edad. Desde que llegó, mi vida tiene mucha más alegría.
La sonrisa de Jovita no llegó a sus ojos.
—Y cuando nazca el bebé que esperas, tu casa estará aún más llena de vida.
Nanette no se inmutó y respondió con naturalidad.
—Así es.
Durante la comida, la conversación giró en torno a temas triviales.

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