—El tormento de la distancia es demasiado agobiante. No quiero volver a sentir algo así en mi vida.
Hablaba sin detenerse, como si fuera un niño desahogando sus penas.
Nanette sintió una punzada en el pecho y, conmovida, le preguntó:
—¿Quieres que te abrace?
—Sí —respondió él.
Y sin dudarlo, se inclinó para envolverla en un abrazo suave. Sin embargo, debido al vientre abultado de ella, la postura resultaba un tanto incómoda.
Félix asomó la cabeza de repente.
—Oye, Noel, suelta ya a mi hermana. Tenemos cosas importantes que hacer.
Noel se separó un poco y le dedicó una mirada gélida a Félix.
—Tienes suerte de haberme llamado por mi nombre con tanto respeto.
Félix, confundido, parpadeó varias veces.
—¿Qué quieres decir?
—¿Acaso no ves el tamaño del vientre de tu hermana?
—Sí, lo veo.
—¿Lo ves y aun así la haces correr de un lado a otro? ¿A estas horas de la madrugada?
—No fui yo, fue mi hermana la que...
—¿No se suponía que la familia Larco la echó de la casa hace años? Si ustedes tienen problemas, ¿qué tiene que ver con ella?
—Yo...
—Además, ella es mi mujer. ¿Te crees con el derecho de darle órdenes a quien está bajo mi protección?
—Yo no...
Aterrado, Félix se escondió detrás de Nanette.
—Di algo, Nanette, por favor.
Nanette tomó la mano de Noel con suavidad.
—No estoy haciendo esto por Eloísa, sino por el resort. Es el legado de mi padre y no voy a permitir que ella lo destruya.
La voz de Noel se endulzó de inmediato.
—Lo sé, y estás haciendo lo correcto.
Félix soltó un bufido, indignado.

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