Nanette apartó un poco la cortina del reservado para ver de dónde venía el alboroto.
La mujer le resultaba familiar, pero no lograba recordar dónde la había visto antes.
Parecía estar atacando directamente a Galileo, cada palabra más venenosa que la anterior.
Su intención era humillarlo frente a todos, hablando con un volumen casi escandaloso. Quería asegurarse de que hasta el último comensal la escuchara.
—¡Galileo Godoy! Gracias a ti por fin entiendo lo que significa ser una verdadera escoria.
»¡Eres la persona más cruel y desalmada que he conocido! Estuvo contigo tres años. Maldita sea, hasta si crías a un perro por ese tiempo le agarras cariño.
»¿Y tú simplemente la echas a la calle como si nada?
La mujer clavó una mirada llena de desprecio en Camila.
—Señorita, le doy un consejo gratis: aléjese de este hombre. Es de los que se encaprichan con lo nuevo y desechan lo viejo. Cuando se le pase la emoción, la va a tirar a la basura sin pensarlo dos veces.
»¿Cree que va a sacar algún provecho de estar con él? Déjeme decirle que no le va a dar ni las gracias.
La mujer lo señaló con el dedo, dejando claro que el título y el estatus de Galileo le importaban un comino.
—Es un miserable tacaño. Mi amiga aguantó sus porquerías durante tres años y el tipo no le soltó un peso. Ni casa, ni auto, ni nada. Al final, solo le montó una tiendita para que ella misma trabajara como burra y se mantuviera.
»Dígame si no es para morirse de risa.
En ese instante, Nanette finalmente recordó quién era.
Irene le había hablado de ella una vez: era Sandra Soto, su mejor amiga.
La noche que Camila se emborrachó en el bar, Nanette se topó con Sandra, pero en medio de la preocupación por Camila, no le prestó mucha atención.
Con razón no había logrado ubicarla al principio.
Estaba clarísimo que Sandra estaba haciendo un escándalo para defender el honor de Irene.
Pero también era evidente que Sandra no tenía ni idea de los verdaderos motivos por los que Irene había terminado la relación.
Estaba convencida de que Galileo la había botado a la calle.
Eso significaba que Irene no le había dicho nada sobre el embarazo. Si lo hubiera hecho, los gritos de Sandra habrían sido mucho peores.
Como a Nanette no le gustaba el drama público, se volvió hacia Noel.
—Vámonos.

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