Antes de que Nanette pudiera pronunciar una sola palabra, Noel se giró hacia Joaquín.
Y con un tono lleno de furia y reproche, espetó:
—¡¿Con qué la amenazaste esta vez?!
A Joaquín casi le da un infarto de coraje y estuvo a punto de arrojarle la taza de té a la cabeza.
Pero, claro, en el fondo no sería capaz de lastimarlo.
Así que miró a su viejo amigo y le preguntó:
—Ulises, dime, ¿crees que todavía puedo devolver a este malagradecido?
Ulises solo sonrió, guardando un sabio silencio.
Nanette, sujetándose la espalda baja, se levantó lentamente. Sacó un par de pañuelos de papel de la mesa y se acercó a Noel.
Mientras le secaba el sudor de la frente, lo regañó con dulzura:
—¿Por qué tanta prisa? Mira cómo vienes, empapado en sudor.
Noel le tomó la mano con preocupación.
—¿Te hizo algo malo? ¿Te lastimó?
¿Lastimarla?
Joaquín saltó de la silla con una agilidad sorprendente para su edad y elevó la voz a todo pulmón.
—¡Mocoso insolente! ¡¿Por quién me tomas?! ¡¿Crees que soy un vulgar matón de callejón?! ¡¿Tan poco me respetas?!
Noel ignoró los gritos y se colocó protectoramente frente a Nanette.
—¡Cualquier cosa que quieras discutir, me lo dices a mí! ¡Deja de buscarla!
—¡¿A ti?! —bufó Joaquín, rojo de ira—. ¡¿Y para qué?! ¡Si no escuchas a nadie!
—¡Aun así, no tienes ningún derecho a venir aquí!
—¡¿Y qué si vengo?! ¡Es asunto mío!
—¡Que sea la última vez!
—¡Ay, mira qué valiente! ¡Y me lo dice a mí! —Joaquín levantó la pierna e intentó darle una patada—. ¡Maldito mocoso! ¡El mundo se ha vuelto loco! ¡Te atreves a darme órdenes! ¡Si no te doy una paliza ahora mismo, me cambio el apellido!
Ulises se apresuró a sujetar a Joaquín.
—Don Joaquín, no importa qué apellido se ponga, los dos son Cortés.
Joaquín miró a su alrededor buscando algo para lanzarle.
Al no encontrar nada, y aún echando humo, levantó la mano para darle un golpe.
Rápidamente, Nanette se interpuso, cubriendo a Noel.
Joaquín se asustó tanto que retiró la mano en el acto.
—Me prometió que no lo iba a golpear —le recordó Nanette.
Joaquín señaló a su hijo con indignación.
—¡¿No escuchaste cómo me habló?! ¡¿No oíste las barbaridades que acaba de decir?!
—Yo me encargaré de regañarlo —aseguró ella.
—¡Sí, regáñalo! ¡Y que le duela!

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