A pesar de todo, Nanette seguía inquieta y volvió a marcar.
El teléfono sonó hasta casi cortar la llamada, cuando de repente alguien contestó.
Sin embargo, la voz que se escuchó al otro lado de la línea no era la de Irene.
Sino la de Galileo.
—Está en el hospital.
***
Cuando Nanette llegó a urgencias, Irene estaba al borde de la muerte.
Había sufrido un aborto traumático con una hemorragia masiva. Si la hubieran llevado un poco más tarde, habría perdido la vida.
Galileo estaba de pie junto a la cama, con un semblante lúgubre y tenso.
Al ver a su amiga con la piel pálida como el papel, a Nanette se le encogió el corazón.
—¿Qué pasó?
Los ojos de Irene estaban inyectados en sangre, pero se negaba a derramar una sola lágrima.
Galileo caminó hacia la ventana y se metió la mano al bolsillo buscando sus cigarrillos.
Sacó la cajetilla, tomó uno y se preparó para encenderlo.
Nanette le gritó llena de furia:
—¡Galileo Godoy! ¡Estás en un hospital!
Él apretó el cigarrillo entre sus dedos; las emociones se agolparon en su rostro.
Finalmente, lo destrozó con la mano y lo arrojó al suelo.
—No lo sabía...
Nanette lo fulminó con la mirada.
—¿Tú la obligaste a perder el bebé?
Galileo se recargó contra la pared junto a la ventana y se aflojó el cuello de la camisa con brusquedad.
—Yo... te juro que no sabía que estaba embarazada. Yo...
—Nanette... —La mujer en la cama habló con voz ronca y débil—. Hoy era La Celebración del Primer Mes de tu bebé... Te prometí que iría. Rompí mi promesa. Lo siento mucho.
Nanette le acarició la frente, con el corazón roto por el dolor y la tristeza.
—¿Qué fue lo que pasó en realidad?
Irene giró la cabeza y miró a Galileo con un dolor profundo.
—Me llamó para pedirme que nos viéramos. Fui a verlo y me preguntó si estaba embarazada. Le dije que no, pero no me creyó. Insistió en...
—Insistió en llevarme a un hospital para hacerme una prueba, quería confirmarlo con sus propios ojos.
—Me obligó a subir a su auto a la fuerza... y yo me lancé cuando él arrancó el motor, y entonces...

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