La respuesta de Nina tomó a Mauricio completamente por sorpresa.
—Nina, ¿te sientes bien? Estamos hablando del Grupo Villalobos, la empresa con la que todo el mundo se muere por trabajar. ¿Acaso tu objetivo al esforzarte tanto en la competencia no era conseguir su inversión?
Nina se sentó con pereza en el sofá individual, sosteniendo una botella de leche a medio beber.
—Si mi trabajo es lo suficientemente bueno, los inversores interesados no deberían limitarse solo al Grupo Villalobos.
Mauricio se impacientó.
—Pero el organizador de este evento es precisamente el Grupo Villalobos. Tu proyecto brilló en su plataforma y, según las reglas, ellos tienen prioridad para firmar contrato.
Nina agitó la botella de leche con calma.
—No conozco esas reglas de las que hablas. Solo sé que Nadir consiguió este cupo para mí. Él me dijo por teléfono que me tomara la competencia en serio, pero no mencionó ni una palabra sobre firmar contratos.
Al recordar que en el pasado había subestimado la capacidad de Nina, Mauricio se puso rojo de vergüenza. Aunque seguía sin tenerle mucho aprecio, había recibido dinero de Vidal por debajo de la mesa. Vidal, preocupado porque no lograba contactar a Nina y temiendo que el «pez gordo» se les escapara, le había dado instrucciones estrictas: asegurar el contrato con Nina a toda costa para que otras empresas no se la robaran. Así que, sin siquiera haber visto a Nina, Vidal le transfirió una suma a Mauricio como anticipo.
Mauricio no era tonto. Sabía que Nina lo desafiaba en parte por su mala actitud, pero también porque probablemente tenía el respaldo de la familia Corbalán. Recordaba perfectamente cuando Máximo Corbalán vino a la academia con guardaespaldas para defenderla. Sin embargo, después de eso, no se había escuchado nada más sobre ellos. Además, en ese círculo se rumoraba que la mujer ideal del señor Máximo, Nancy Villalobos, había regresado del extranjero.


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