No habían pasado ni cinco minutos desde que ella se fue, cuando Vidal irrumpió en la oficina de Mauricio.
—¿Dónde está ella? —preguntó nada más entrar.
Nina no sabía que Vidal había armado un escándalo con Mauricio porque ella no tenía interés en firmar con el Grupo Villalobos. Salvo por dos clases obligatorias, pasó todo el día en el laboratorio haciendo experimentos. Cuando salió de la academia, ya casi anochecía.
Al pasar por un lugar apartado, vislumbró a unas chicas actuando de manera sospechosa frente a una casa de campaña.
«¿Una casa de campaña en el campus? Eso sí que es nuevo. Los jóvenes de ahora saben cómo disfrutar la vida», pensó.
Nina no le dio importancia al principio, hasta que vio que las chicas vaciaban el contenido de unos termos dentro de la tienda. Eso despertó su curiosidad. Se escondió en las sombras para ver qué tramaban. Mientras echaban el agua, se escuchó un grito femenino desde el interior:
—¡No se pasen de la raya!
Las chicas se echaron a reír y salieron corriendo con los termos antes de que las atraparan. Una chica empapada salió luchando de la tienda. Tenía el cabello y la ropa mojados; las cobijas y los libros de estudio adentro estaban hechos un desastre.
Nina finalmente reconoció quién era.
—¿Silvia?
Silvia, con un aspecto lamentable, también vio a Nina. Se apresuró a sacar una toalla para secarse. Por suerte no era agua hirviendo, o habría quedado desfigurada. Ante la mirada de incomprensión de Nina, Silvia sonrió con vergüenza.
—Qué pena, otra vez me ves haciendo el ridículo.
Nina dio una vuelta alrededor de la tienda.
—Recuerdo que no vives en el campus, ¿qué haces con una casa de campaña en este lugar?
A esa hora, la academia ya había terminado las clases. Los estudiantes externos se iban a sus casas, y los internos estaban en los dormitorios, la cafetería o la biblioteca. Que Silvia tuviera una tienda en un lugar tan remoto era muy inusual.


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