El taller, normalmente un santuario de aromas y creación, se sentía como el epicentro de un terremoto silencioso.
Abril estaba de pie en medio de la habitación, inmóvil. La transmisión de la rueda de prensa había terminado hacía más de una hora, pero su eco seguía resonando en sus oídos, en sus huesos.
Había visto a Simón Ferrer, el hombre que la había humillado por omisión en el escenario de su propio triunfo, inmolarse en público por ella. Había sacrificado su empresa, su familia, su propio legado, no para salvarse a sí mismo, sino para restaurar el honor de ella.
El acto era tan monumental, tan fuera de personaje, tan absolutamente devastador en su sinceridad, que había hecho añicos el muro de indiferencia que ella había construido tan cuidadosamente alrededor de su corazón.
El odio era fácil. La ira era combustible. La indiferencia era una armadura.
Pero, ¿qué haces cuando tu enemigo se arrodilla y te ofrece su propia cabeza en una bandeja de plata?
¿Qué haces cuando el monstruo se convierte en mártir?
Estaba en un estado de shock tan profundo que el mundo exterior había dejado de existir. Los teléfonos, tanto el de la boutique como el suyo, sonaban sin cesar, una cacofonía lejana que su cerebro se negaba a procesar.
Se sentía a la deriva en un océano de emociones que no podía nombrar. Confusión. Conmoción. Y algo más, algo que se sentía peligrosamente como… compasión.
Su teléfono personal vibró sobre la mesa de trabajo, arrancándola de su trance. El nombre en la pantalla no era de un periodista ni de un cliente curioso.
Era Julián.
Dudó por un momento. No tenía la energía para hablar, para explicar lo inexplicable. Pero sus dedos, actuando por instinto, deslizaron la pantalla.
No fue una llamada. Fue un mensaje de texto.

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