Los días en Oaxaca se convirtieron en una rutina tranquila, un ritmo que Simón nunca había conocido.
Las mañanas las pasaban en el terreno de la fundación, supervisando a los topógrafos y reuniéndose con los maestros de obra locales. Las tardes, en cafés o en el patio de su posada, revisando planos y discutiendo ideas.
Él aprendió a callar, a escuchar. Aprendió sobre la importancia de construir con adobe para mantener el frescor, sobre cómo orientar las ventanas para capturar la brisa de la sierra, sobre la diferencia entre el aroma del cedrón y el de la hierbaluisa.
Ella aprendió a confiar en su experiencia, a valorar su visión estructural, a ver al arquitecto brillante que se escondía detrás del hombre que la había herido.
Estaban construyendo algo más que una fundación. Estaban construyendo, ladrillo a ladrillo, los cimientos de algo nuevo entre ellos.
Una noche, después de un día particularmente largo y polvoriento supervisando el inicio de la excavación, él la acompañó a la casa de su abuela.
La noche había caído sobre el pequeño pueblo. El cielo era un lienzo de terciopelo negro salpicado de estrellas, más brillantes y cercanas de lo que nunca se veían en la ciudad.
La calle empedrada estaba iluminada por la luz cálida y temblorosa de los faroles. El aire estaba impregnado del aroma de las flores nocturnas, el dama de noche y el jazmín, que se escapaba de los patios interiores. El único sonido era el de sus propios pasos y el canto de los grillos.
Caminaron en un silencio cómodo. Ya no era el silencio tenso de la mansión, sino uno lleno de pensamientos compartidos, de una creciente familiaridad.
Llegaron a la puerta de madera de la casa de su abuela. Se detuvieron.
La luz de un farol cercano proyectaba largas sombras, creando una pequeña burbuja de intimidad a su alrededor.
Él la miró. Su rostro, en la luz suave, parecía más joven, más sereno. No había rastro de la máscara de frialdad que había llevado durante tanto tiempo en la ciudad.
Ella no apartó la vista. Sus ojos oscuros lo observaron, no con desconfianza, sino con una curiosidad tranquila.
El momento se alargó. Estaba cargado de una tensión suave, de una pregunta no formulada.
Simón sintió un impulso abrumador. El deseo de cerrar la distancia entre ellos. De sentir sus labios, de probar el perdón.
Se inclinó lentamente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa