El sol de la tarde comenzaba a descender, alargando las sombras de los árboles en el Parque México.
Abril permanecía en el banco de hierro forjado, un ancla de quietud en medio del suave flujo de la vida del parque.
El estanque reflejaba el cielo, un espejo roto por el lento remar de los patos. Su mente, sin embargo, no estaba en calma. Era un mar agitado por la tormenta de la confesión de Simón.
Intentaba dar sentido al hombre del podio, al mártir autoimpuesto, pero su imagen se superponía constantemente con la del carcelero silencioso de su matrimonio. Eran dos hombres, dos realidades, luchando por la supremacía en su memoria.
Y entonces, de las profundidades de ese mar de recuerdos, algo emergió.
Un detalle olvidado. Una perla de un solo día, enterrada bajo cinco años de arena y escombros.
Apareció con una claridad repentina y abrumadora.
Flashback.
Era el primer año de su matrimonio. La mansión todavía se sentía como un museo extranjero, y ella, su pieza más solitaria.
Tenía una gripe terrible, una de esas fiebres que te roban las fuerzas y te sumergen en un estado de duermevela febril. Llevaba dos días en cama, en la enorme y fría habitación que nunca sintió como suya.
Simón apenas había notado su ausencia. Estaba inmerso en un proyecto, sus días y noches consumidos por planos y maquetas.
Pero en la tercera noche, cuando la fiebre estaba en su punto más alto y ella se sentía completamente miserable, la puerta de su habitación se abrió con un suave crujido.
Él entró. Su silueta recortada contra la luz del pasillo.
Abril se tensó bajo las sábanas, esperando una orden, una queja.
Pero él no dijo nada.
Caminó en silencio hasta su mesita de noche. Llevaba una taza humeante en la mano. La dejó con cuidado sobre la superficie de mármol, el sonido de la porcelana apenas un susurro.
El aroma que flotó hacia ella fue un ancla en su delirio febril.



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