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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 220

El sol de Oaxaca se derramaba sobre el valle, una luz dorada que parecía bendecir la tierra.

Era el día de la inauguración de la "Fundación Botánica Elia Bravo". El edificio no era una estructura, era un poema de adobe y cristal. La visión de Simón y la de Abril se habían fusionado en una obra maestra de arquitectura integrada con la naturaleza. Los modernos laboratorios de investigación se abrían a patios interiores llenos de plantas endémicas, y los invernaderos de acero y cristal se entrelazaban con muros de estuco que parecían haber emergido de la propia tierra roja.

El jardín etnobotánico, el corazón del proyecto, era un hervidero de invitados. Estaban todos: Elías Ortiz, conversando animadamente con la abuela de Abril; Mateo, el arquitecto, sonriendo con el orgullo de un creador; e incluso Ramiro Vargas, a quien Abril había invitado personalmente y que ahora dirigía un pequeño taller de ebanistería para la fundación, su rostro lleno de una paz recuperada.

Abril subió al pequeño podio de madera de copal. Llevaba un vestido de lino blanco, sencillo y elegante. No necesitaba joyas. Su presencia era su único adorno.

Un silencio respetuoso se extendió por el jardín.

Su discurso fue breve, su voz clara y serena. Agradeció a su abuela por enseñarle el lenguaje de las plantas. Agradeció a su equipo por su dedicación incansable. Agradeció a sus aliados por su fe inquebrantable.

Y entonces, al final, sus ojos buscaron entre la multitud.

Lo encontró. Estaba de pie en la parte de atrás, apartado del grupo principal. No intentaba ser el centro de atención. Simplemente observaba, su rostro era una mezcla de orgullo, arrepentimiento y una esperanza tan frágil que casi dolía.

Sus miradas se encontraron a través del jardín. El mundo a su alrededor pareció desvanecerse.

—…y finalmente —dijo Abril, su voz nunca vaciló, pero se llenó de una nueva profundidad—, a Simón Ferrer.

Un murmullo de sorpresa recorrió a los invitados.

—Quien me enseñó —continuó, su mirada fija en la de él— que a veces, las raíces más fuertes crecen en los terrenos más rotos.

La frase no fue un perdón. Fue un reconocimiento. La aceptación de que su dolor compartido, su historia fracturada, había sido el suelo fértil del que ambos habían renacido.

Simón sintió que las palabras lo golpeaban con la fuerza de una ola, no de dolor, sino de una gracia inmerecida. Asintió lentamente, una sola lágrima silenciosa rodando por su mejilla.

Más tarde esa noche, cuando el último invitado se había ido y el silencio había regresado al valle, estaban solos.

Estaban de pie en el centro del jardín, bajo un cielo oaxaqueño tan lleno de estrellas que parecía un mar de diamantes. El aire olía a dama de noche y a tierra húmeda. El único sonido era el suave murmullo de la fuente.

Simón se giró para mirarla. La luz de la luna plateaba su cabello y suavizaba sus rasgos.

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